jueves, 27 de septiembre de 2012


CARTA A MI HIJO
por Francisco-Manuel Nácher

Querido hijo:
Has llegado a una edad en la que tienes que ir aprendiendo a utilizar
la mente, a adquirir discernimiento, a no perderte en la maraña que la vida
pone ante tus ojos.
Como yo también pasé por eso y he caminado ya bastante y hasta he
llegado a abrir una pequeña trocha en la selva de la vida, por donde puedo
discurrir con relativa tranquilidad, creo mi deber (a la vez que, como parte
de mi ser que eres, no puedo por menos de desearte lo mejor), darte
algunos consejos que, a modo de brújula, te puedan servir para orientarte
en tu safari vital y conducirte a los puntos que te hayas prefijado en tu
programa de viaje a lo largo de esta existencia.
Comienza esta lectura con la idea de que Dios existe y de que tú
formas parte de Él, como la formo yo y tu madre y tu hermana y todos los
seres de este mundo y aún de todos los mundos.
Piensa, consecuentemente que, si este mundo es parte de Dios, no
puede ser malo, ni feo, ni negativo y que, por tanto, si alguna vez lo
percibes así, el defecto no estará en él sino en ti: El mundo es hermoso, la
vida es maravillosa, el amor es la savia de la vida de Dios, la sangre que lo
hace funcionar todo adecuadamente, que todo lo comprende, que todo lo
disculpa, que todo lo purifica, que todo lo supera, que todo lo hace bueno.
Adopta, pues, al amor como hilo conductor de tu vida, como origen de tu
actividad y como fin de la misma. Hecho esto:
- Si te parece que en el mundo no hay más ley que la de la propia
ambición, sabe que la ambición es necesaria, pero tiene sus límites y éstos
se encuentran donde empiezan los derechos de los demás.
- Si parece no haber más metas que el éxito, el dinero y el poder, sabe
que el éxito es efímero y se cobra un altísimo precio; que el dinero es una
magnífica energía si se emplea bien y un instrumento peligrosísimo si se
usa indebidamente; y que el poder es sólo una oportunidad que se nos da
para ejercerlo promoviendo el progreso, la fraternidad, la responsabilidad y
la ilusión.
- Si parece que el amor, el verdadero amor, ha degenerado y no se
eleva por encima del sexo, recuerda que el amor es el fundamento del
universo, es la fuerza que hace posible la vida, es la vida misma; mientras
que el sexo es sólo una función fisiológica encaminada a asegurar la
supervivencia de las especies, razón por la cual su ejercicio va
acompañado de placer. Sabe también que, entre los hombres, el sexo debe
ir acompañado del amor y no sólo del deseo porque si no, se queda a nivel
exclusivamente animal y es degradante.
- Si parece que la amistad, la verdadera amistad, no se encuentra ya,
sabe que la amistad es hija del amor y, como él, imperecedera,
inconsumible, sublime cuando es verdadera y que, aunque algunos no lo
crean así, sigue existiendo.
- Si parece que la familia es un lazo debilísimo, puramente genético,
sabe que la familia es un conjunto de seres, unos de los cuales ofrecen sus
genes y sus cuerpos y la mayor parte de sus energías a lo largo de todas sus
vidas, a otros que, a su vez, se aprovechan de ello y se desarrollan hasta la
madurez. Y que ese sacrificio sólo se puede hacer por amor, porque el
amor es también la base de la familia.
- Si parece que los abuelos estorban y hay que alejarlos, sabe que
esos abuelos dieron su juventud y todas sus energías, y renunciaron a
muchos sueños y aspiraciones y proyectos, sólo por amor a sus hijos, y
éstos les deben una gratitud y un amor que sólo llegarán a comprender
cuando ellos, a su vez, sean padres. Y sabe que los abuelos son los
eslabones entre generaciones, son la memoria de la familia, los que han de
enlazar el pasado de la misma con su futuro, relacionando así su propia
generación y las anteriores con la de sus nietos y que, si los abuelos faltan
del hogar, los nietos se quedan sin raíces, sin historia, sin anécdotas, sin
antepasados, víctimas de una gravísima amnesia sociológica.
- Si parece que el egoísmo domina a todos los hombres en todas sus
actuaciones, sentimientos y deseos, sabe que el egoísmo es antinatural y
tiende a destruir, a monopolizar, a excluir, y que acaba destruyendo al
egoísta, haciéndolo desgraciado, solitario, triste, frustrado e insatisfecho de
sí mismo.
- Si la vida sana parece haber perdido la batalla frente al tabaco, el
alcohol, la droga, el exceso en la comida y la adulteración de los alimentos,
sabe que las leyes naturales son inamovibles y que, inexorablemente, se
cobrarán en falta de salud, en cánceres, en incapacidades, en dolor, en
privaciones y en muertes prematuras las transgresiones que aquellas
conductas suponen.
- Si todo el mundo parece conocer y exigir sus derechos pero casi
nadie recuerda sus obligaciones, sabe que todo derecho entraña una
obligación correlativa y que el vivir en sociedad debe ser un constante
equilibrio entre unos y otras.
- Si el hábito de fijarse en y resaltar sólo lo imperfecto, lo erróneo, lo
desagradable, lo incompleto; si el ejercer permanentemente la crítica
negativa y con verdadera fruición, parece ser la labor cotidiana de quienes
se dirigen a los demás, sabe que lo negativo lo es sólo por comparación
con lo positivo y que todos quienes así actúan conocen, por definición, la
existencia de lo hermoso, lo armónico, lo acabado, lo completo, lo
positivo. Tú esfuérzate por ver sólo esto último que, aunque no lo parezca,
abunda más que lo primero.
- Si, al parecer, ya no hay Dios, ni vale la pena rezar, ni creer en algo,
ni hay que agradecer nada, sabe que, como te he dicho, Dios existe y nos
abarca a todos y, queramos no reconocerlo, somos parte de Él y en Él
vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.
- Si está generalmente aceptada la práctica de la calumnia, la injuria,
la difamación, la envidia, el odio, la infidelidad, sabe que, quien así actúa
está aún aprendiendo a convivir con sus semejantes y que, día llegará en
que, purgadas las consecuencias de su actuación y desarrolladas las
virtudes opuestas a esos errores, comprenderá cuán tristes e inútiles fueron
sus esfuerzos.
- Si todos responden a la ofensa con la ofensa, al odio con el odio y a
la violencia con la violencia, sabe que es mucho mejor no hacerlo así y que
cada día se nos ofrecen oportunidades sin cuento de devolver bien por mal
y enseñar a los demás una manera de vivir más hermosa y más ajustada a
las leyes naturales.
-Si la máxima justificación parece ser el decir: "¿Qué puedo hacer si
soy así?", sabe que cada uno es fruto de su voluntad y de su imaginación y
que, si te fijas metas hermosas y aplicas luego tu decidida voluntad, las
alcanzarás, y tú mismo te sorprenderás del cambio que en ti se habrá
realizado.
- Si los hombres parecen preocuparse más de aparentar que de otra
cosa, sabe que lo verdaderamente importante es "ser tú" y que si tú eres
bueno e intentas permanentemente mejorar, no necesitarás aparentar nada,
sino que tu propia bondad superará, con mucho, todas las inútiles apariencias.
- Si parece que el verbo "estar" y, sobre todo, el verbo
"tener" prevalecen sobre el verbo "ser",
sabe que el verdaderamente importante es éste último;
que lo que interesa es cómo seas, pues el lugar que ocupes
puede variar y lo que tengas lo podrás perder,
pero lo que seas formará parte de ti, será tu tesoro.
Un tesoro del que nadie te podrá privar. Usa, pues, hijo mío,
tu discernimiento. Acostúmbrate a ver más allá de los
acontecimientos, de las modas, de las costumbres,
de las actitudes, de las representaciones,
y mira al fondo de las cosas.
- Si alguna vez te sorprendes justificando tu conducta o tus
pensamientos o deseos con la frase "todos lo hacen", comienza a alarmarte:
Los líderes lo fueron porque nunca hicieron lo que hacía la masa y
, si bien ésta, al principio, pudo escarnecerlos, despreciarlos,
ridiculizarlos, perseguirlos y hasta matarlos,
terminó adoptando sus ideas, imitando sus costumbres
y admirando sus vidas. Tiende en todo momento, pues, a ser un líder,
seguro de tus propias ideas y a manifestarte como eres o,
mejor aún, como deseas ser, siempre que ese ideal sea bello,
bueno y, por tanto, positivo, y no te preocupes de las críticas,
las burlas, los desprecios...ni las lisonjas.
- Cada día, cuando te despiertes,
agradece la nueva oportunidad que se te da,
piensa que ese día es el primero de lo que te queda de vida y...vive.
Vive queriendo a la vida, queriendo a tus semejantes, a las plantas,
a los animales, al sol, a las estrellas, a la lluvia, al viento,
al mar... porque, aunque no te des cuenta,
con ello estarás amando a Dios y Él te responderá
con un derramamiento de paz que te hará ser feliz
y comprender más el amor, y te sentirás más bueno, más completo,
más realizado, más preparado, más capaz, más enérgico para acometer la labor
que en tu existencia tienes decidida.
Es cuanto te desea, de corazón,
tu padre.