sábado, 18 de mayo de 2013

Siguiendo la pista del rey Arturo y del Santo Grial


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En un lugar de Bretaña, conocido por Camelot, existió una vez un rey poderoso llamado Arturo, en cuya corte brillaba un grupo de caballeros que se reunían en torno a una enorme mesa: la Tabla Redonda. Camelot es el nombre de la fortaleza y reino del legendario Rey Arturo, desde donde libró muchas de las batallas que jalonaron su vida. Su situación concreta se desconoce actualmente y podría ser una provincia romano-británica ficticia de la Bretaña post romana. En las historias del Rey Arturo, Londres o Nueva Troya, es Troynavant, la ciudad del portal oriental del Rey Arturo. Y la Camelot del Rey Arturo aparentemente significa Ciudad de Marte. La ciudad fue mencionada por vez primera en el poema Lancelot, el Caballero de la Carreta, de Chrétien de Troyes, donde no parece tan importante como llegaría a ser en la leyenda artúrica. Dado que la ubicación de Camelot sigue siendo un misterio, la verdad sobre ella, si es que existió, aún se desconoce. En aquel tiempo y en aquella tierra ocurrían prodigios y maravillas sin cuento. Lord Alfred Tennyson, primer Barón de Tennyson (1809 –1892), es uno de los poetas ingleses más ilustres de la literatura universal, perteneciente al post-romanticismo. La mayor parte de su obra está inspirada en temas mitológicos y medievales, y se caracteriza por su musicalidad y la profundidad psicológica de sus retratos. Más tarde en su carrera realizó varios intentos de escribir dramas teatrales aunque con poco o reducido éxito. La formación de Alfred, rigurosamente clásica, le fue impartida principalmente por su padre. Empezó a escribir a la edad de dieciséis y en 1827 publicó un volumen de poesía con su hermano Charles, Poems by two brothers. Asistió a la escuela de gramática ‘King Edward I‘ y en 1828 ingresó en el Trinity College en Cambridge, donde ganó la medalla de oro del premio ‘Chancellor‘. Conoció a Arthur Hallam y pasó a formar parte junto con éste de los Apóstoles de Cambridge, una sociedad secreta que pretendía formar una élite intelectual. Más tarde, en 1830, Tennyson publicó ‘Poems, chiefly lyrical’. Uno de sus poemas dice: “Oh, hermano, ¡ojalá hubieras conocido nuestro imponente recinto, / el que Merlín construyó para Arturo hace mucho tiempo! / Hay que trepar por todo el monte de Camelot y por toda la pálida ciudad con sus riquezas, techo por techo / torre tras torre, espira tras espira / por el huerto y el jardín, por el prado y el apresurado arroyo / hasta alcanzar el empinado recinto que Merlín levantó / y cuatro zonas de esculturas entre ellos / con muchos símbolos místicos se adorna el recinto”.



Del rey Arturo y de sus caballeros de la Tabla Redonda partió una caudalosa mitología que nutriría, narrada o leída, la fantasía de muchas generaciones medievales. Las primeras referencias sobre Arturo se encuentran en las literaturas célticas, en poemas galeses como Y Gododdin. El primer relato de la vida del personaje se encuentra en la Historia Regum Britanniae, de Geoffrey de Monmouth, quien configuró los rasgos principales de su leyenda. Monmouth presenta a Arturo como un rey de Gran Bretaña que derrotó a los sajones y estableció un imperio en las islas Británicas. En su relato aparecen figuras como el padre de Arturo, Uther Pendragon y su consejero, el mago Merlín, así como la espada Excalibur. Se menciona también el nacimiento de Arturo, en Tintagel, así como su batalla final contra Mordred, en Camlann, y su retiro posterior a la isla de Ávalon, junto a su hermana Morgana, una hechicera entrenada por Merlín. A partir del siglo XII, Arturo fue el personaje central de un ciclo de leyendas, apareciendo en numerosos romances en francés. Chrétien de Troyes añadió otros elementos esenciales a su leyenda, entre ellos la figura de Lanzarote del Lago y la relación con el Santo Grial. Después de la Edad Media la literatura artúrica experimentó un cierto declive, pero resurgió durante el siglo XIX y continúa viva a comienzos del siglo XXI, tanto en la literatura como en otros muchos medios. De entre todas las versiones del relato, la más leída de entre las antiguas es “La muerte de Arturo”, de Thomas Malory, que es, en palabras de Larry D. Benson, “la única obra literaria inglesa escrita entre Chaucer y Shakespeare, que aún hoy en día es leída con renovado fervor y placer”. Sir Thomas Malory (1399 –1471) fue el autor o el compilador de La muerte de Arturo. Existen varias hipótesis sobre la identidad de Malory, aunque la más aceptada dice que se trata de un inglés de Newbold Revell, en Warwickshire. El apellido Malory aparece con diferentes grafías, incluyendo Maillorie, Mallory y Maleore. El apellido se originó en el antiguo adjetivo francés maleüré (del latín male auguratus), que significa ‘de mal augurio’ o ‘desafortunado‘. Pocos datos se saben ciertos de la historia de Malory. Probablemente nació alrededor de 1416 (aunque algunos eruditos sugieren una fecha anterior). Educado como un hombre rico en Warwickshire, sirvió a las órdenes del famoso conde de Warwick, junto al que luchó en Calais en 1436. Bajo el mecenazgo y ejemplo del conde (descendiente del legendario Guy de Warwick), a Malory le fue bien. En 1445 fue miembro del parlamento (representante al gobierno del condado de Warckwickshire). Mas de ahí en adelante su vida se tornó menos honorable, pues fue durante la Guerra de las Dos Rosas, que asoló su tierra durante largos años, cuando apoyó al bando de los perdedores.

En nombre de los partidarios de los Lancaster, saqueó y arrasó y se comportó de forma cruel y temeraria. Al fin, tras ser vencidos, Malory se encontró en una situación desesperada, pues había contraído grandes deudas para costear la guerra y había sido acusado de bandidaje y violaciones. En los años posteriores saqueó la abadía de Combe e intentó asesinar al Duque de Buckingham. Murió en prisión en marzo de 1471 de una crisis respiratoria, menos de dos años después de completar su gran libro. Se puede decir que con la muerte de Malory la caballería se topó con su fin. Escapó de la cárcel en dos ocasiones, una vez luchando con una gran variedad de armas y cruzando a nado un foso. Fue preso en varios lugares de Londres, pero salió varias veces bajo fianza. Nunca fue juzgado por los cargos que se le habían imputado. En la década de 1460 fue perdonado al menos una vez por el rey Enrique VI. Pero, más a menudo, fue expresamente excluido del perdón tanto por Enrique VI como por su rival y sucesor, Eduardo VI. Está claro, por los comentarios que hace Malory al final de algunas secciones de su narrativa, que compuso al menos parte de su obra mientras estuvo en prisión. La descripción que hace de él mismo en el colofón de La muerte de Arturo ha llevado a especular sobre la posibilidad de que fuera un sacerdote, aunque esto no está generalmente aceptado. Se trata de una reelaboración de todos los textos franceses e ingleses, entre los cuales están el Lanzarote-Grial y el Brut, de Layamon, que Malory tenía a su disposición, sobre la vida del rey Arturo. Fue acabado en 1469 y publicado por William Caxton, en 1485. Muy probablemente esta obra es el texto que más ha influido en la visión posterior de la leyenda del rey bretón. La obra de Malory representa la transición del romance (libro de aventuras medieval) a la novela moderna. Infunde en sus historias arturianas una moralidad caballeresca. El estilo es fácil de entender para el lector moderno. Muchas obras modernas toman ideas de la obra de Malory. Así, el libro de Alfred Tennyson, The Lady of Shalott (La dama de Shalott). Un joven Malory aparece como personaje al final de la novela de Terence H. White, The Once and Future King (1939), publicada como Camelot, libro basado en La muerte de Arturo. Esta participación inesperada del propio autor se incluye en el musical de Broadway, Camelot. En sus obras están basados los guiones de películas artúricas, como Los caballeros del rey Arturo (1953), dirigida por Richard Thorpe, y Excalibur (1981), de John Boorman.



Juan Eslava Galán es un escritor español del género histórico, tanto de ficción como de no ficción. Ha publicado algunas novelas bajo el seudónimo de Nicholas Wilcox. Hijo de olivareros, estudió en los colegios de Arjona hasta que, al cumplir los diez años, su familia se trasladó a Jaén para proseguir el bachillerato. Estos primeros años de estudios quedaron plasmados en su novela Escuela y prisiones de Vicentito González. Cursó Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, licenciándose en Filología Inglesa, y luego realizó un viaje al Reino Unido con el objetivo de ampliar sus estudios. Allí estuvo viviendo en Bristol y Lichfield, y fue alumno y profesor asistente en la Universidad de Aston, Birmingham. A su regreso obtuvo una cátedra de Instituto de Bachillerato y, posteriormente, se doctoró en la Universidad de Granada con una tesis sobre Poliorcética y fortificación bajomedieval en el reino de Jaén. Su novela más conocida es En busca del unicornio, que ganó el Premio Planeta en 1987, impulsando notablemente su carrera literaria. Se declara un apasionado de la Edad Media, como puede verificarse fácilmente por la temática de su obra. Su bibliografía comprende más de cincuenta libros y ensayos, entre los que destacan sus muy irónicas Historia de España contada para escépticos o El catolicismo explicado a las ovejas, entre otros muchos títulos. En su obra “Los templarios y otros enigmas medievales“, en que he basado parte de este artículo, Juan Eslava Galán analiza la historia del Temple, sus reglas, sus costumbres y el origen de sus leyendas. Este libro ofrece además un ágil y entretenido recorrido por otros enigmas medievales, tales como ¿existieron el Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda?, ¿qué era el Santo Grial? o ¿quiénes fueron los cátaros?

Historia Regum Britanniae (Historia de los reyes de Bretaña, en latín) es una crónica histórica de Gran Bretaña, escrita por el galés Godofredo de Monmouth, entre los años 1130 y 1136. El libro reseña cronológicamente las vidas de los reyes de los britones, comenzando con los troyanos que escaparon de la guerra de Troya y se supone fundaron la nación británica. Y termina cuando los anglosajones tomaron el control del país en el siglo VII. Se trata de una de las piezas centrales de la materia de Bretaña. De todos modos, en el libro hay grandes inexactitudes en los eventos que relata. Pero es una valiosa obra de literatura medieval, que contiene la más antigua versión conocida de la historia del Rey Lear y sus tres hijas. Ayudó a que los lectores que no hablaban galés conocieran la leyenda del rey Arturo. Gozó de gran éxito durante la Edad Media, así como su principal traducción al romance: el Roman de Brut, del poeta Wace. La Historia comienza con el troyano Eneas, quien según la leyenda romana se asentó en Italia tras la Guerra de Troya. Su nieto Bruto es exiliado y, tras un periodo vagando sin rumbo, es elegido por la diosa Diana, quien le ordena que se asiente en una isla en el océano del oeste, que por su causa se llamó Britania. La historia continúa cronológicamente, contando entre los gobernantes a Bladud, que tuvo poderes mágicos e incluso intentó volar; Leir de Britania, que dividió el reino entre sus tres hijas, según el amor que cada una de éstas le profesaba, una historia que Shakespeare usó en su tragedia El Rey Lear; y Dunvallo Molmutius, que codificó las Molmutine Laws. Los hijos de Dunvallo, Belinus y Brennius, lucharon en una guerra civil antes de volver a reconciliarse, y saquearon Roma. Los intentos de Julio César de invadir Britania fueron frenados por Cassivellaunus. Tenemos noticia de un rey llamado Cunobelinus, en quien Shakespeare basaría su obra Cimbelino. Tras el intento de César, sería Claudio quien se enfrentase con los hijos de Cunobelinus, invadiendo la isla. El linaje de los reyes británicos continúa bajo la ley romana, e incluye a Lucio de Britania, primer rey cristiano de la zona, y un gran número de personajes romanos: entre ellos, el emperador Constantino I, el usurpador del trono Allectus y el comandante militar Asclepiodotus (Asclepiodoto de Heraclea).



Tras el gobierno de Roma, Vortigern se hace con el poder, e invita a los sajones, gobernados por Hengist y Horsa, como mercenarios a su servicio. Pero estos se vuelven contra él, y Britania continúa en estado de guerra bajo los reinados de Aurelio Ambrosio y de su hermano Uther Pendragon, con la ayuda del mago Merlín. El hijo de Uther, el rey Arturo, infligió una severa derrota a los sajones, de modo que estos dejaron de constituir una amenaza, incluso después de la muerte del rey. Mientras tanto, Arturo conquistó grandes zonas del norte de Europa, y se vivió una época de paz y prosperidad, hasta que el emperador romano Lucio Tiberio pidió de nuevo a Britania que pagara tributos a Roma. Arturo derrotó a Lucio en la Galia, pero su sobrino Mordred le arrebató el trono en su ausencia. Arturo regresó y mató a Mordred. Pero Arturo, mortalmente herido, fue llevado a la isla de Ávalon y dejó el reino a su primo Constantino III de Bretaña. Con Arturo desaparecido, los sajones volvieron y reforzaron su poder. El linaje de los reyes de Britania continuó hasta la muerte de Cadwallader, tras el cual los sajones, el pueblo inglés, se hicieron los gobernantes de Bretaña. No existen testimonios arqueológicos fiables que permitan certificar la existencia histórica del Rey Arturo. A finales del siglo XII, los monjes de Glastonbury hallaron supuestamente, en una tumba, una cruz con una inscripción latina que identificaba a los allí inhumados como Arturo y su esposa, Ginebra. Parece que se trató, sin embargo, de un fraude relacionado con la Historia Regum Britanniae, de Geoffrey de Monmouth, con la probable finalidad de aumentar la afluencia de peregrinos. Recientemente, en 1998, el profesor Christopher Morris, de la Universidad de Glasgow, halló en Tintagel una pizarra con una inscripción, muy probablemente del siglo VI, que contiene el nombre latinizado “ARTOGNOU“, que corresponde al céltico Arthnou, Sin embargo, no puede afirmarse que esta pieza constituya en modo alguno una prueba de la existencia de Arturo. Dada la ausencia de testimonios arqueológicos, se hace necesario recurrir a las fuentes literarias. La idea de que Arturo fue una figura histórica real proviene principalmente de dos documentos medievales: la Historia Brittonum y los Annales Cambriae. La primera data del siglo IX, y la segunda del siglo X. Ambas son, por lo tanto, fuentes considerablemente tardías, ya que, si realmente existió, Arturo habría vivido en el siglo VI.

La Historia Brittonum (“Historia de los bretones“) es una obra histórica del siglo IX escrita en latín y atribuida tradicionalmente a un clérigo galés llamado Nennius, aunque esta atribución ha sido puesta en duda. La obra menciona a un jefe militar (dux bellorum) llamado Arturo, que combatió contra los sajones, y explica que intervino en doce batallas, de las cuales la última es la del Monte Badon, una importante victoria de los bretones en la que supuestamente Arturo habría matado con sus propias manos nada menos que a 960 enemigos. Recientes estudios han cuestionado la fiabilidad de la Historia Brittonum como fuente histórica. Debe tenerse en cuenta que esta primera mención del personaje dista, al menos, tres siglos de la época en que supuestamente vivió. Por otro lado, ninguno de los historiadores que escribieron sobre esta época con anterioridad, como Gildas, en el siglo VI, o Beda, en el VII, mencionan a Arturo. En concreto, Gildas se refiere también a la victoria de los bretones en Monte Badon. Pero el jefe de los bretones que aparece en su crónica no es Arturo, sino Ambrosius Aurelianus. La Batalla de Guoloph se libró en el año 439 (437 según otras fuentes) en Nether Wallop, a quince kilómetros al sudeste de Amesbury, cerca de Salisbury, en el distrito de Test Valley, al noroeste del condado de Hampshire, en la región de South East, Inglaterra. En ella, las fuerzas combinadas de los primitivos reinos bretones de la Britania post-romana, vencieron a las fuerzas de los invasores jutos y sus aliados locales. En su Historia Brittonum, Nennio afirma que:“Desde el reinado de Vortigern a la lucha entre Vitalinus y Ambrosius en Guoloppum, la Batalla de Guoloph, son doce años”. Ambrosius Aurelianus (Emrys Wledig, “el emperador“) es considerado por parte de la tradición como hijo del emperador Constantino. Geoffrey de Monmouth afirma que siendo niño su familia fue asesinada. Y él, con su hermano Uther, pudo ponerse a salvo, tras el canal de la Mancha, en la corte de su primo Budic I, de Bretaña. El golpe había sido preparado por Vortigern, gobernador de la ciudad de Dubris, uno de los más importantes puertos del reino, en alianza con dos poderosos reyes jutos, Hengist y Horsa. Años después, Ambrosius regresó a Gran Bretaña desembarcando en Totnes (Devon), con motivo de las celebraciones anuales de Beltaine, una reunión entre los monarcas de los reinos del sur donde se forjaban alianzas y se discutían intereses comunes.



Los jutos (también puede verse como Iuti o Iutae en las fuentes) fueron un pueblo germánico que, según Beda, eran uno de los tres pueblos germánicos más poderosos de la época. Se cree originario de la zona meridional de Jutlandia (Iutia en latín) en la actual Dinamarca, Schleswig meridional (Jutlandia meridional) y parte de la costa frisia oriental. Beda ubica la tierra natal de los jutos en el otro lado de los anglos en relación con los sajones, lo que significaría la parte septentrional de la península de Jutlandia. Tácito retrata a un pueblo llamado los Eudoses, que vivían en el norte de Jutlandia. Y estos pudieron haber sido los posteriores Iutae. Los jutos también han sido identificados con los Eotenas (ēotenas), implicados en el conflicto frisio con los daneses, tal como lo describe el episodio Finnesburg en el poema Beowulf. Otros han interpretado los ēotenas como jotuns (“ettins” en inglés), lo que quiere decir gigantes, o como un kenning para “enemigos“. En desacuerdo con Beda, algunos historiadores identifican a los jutos con el pueblo llamado los Eucii (o Saxones Eucii), quienes estaban evidentemente relacionados con los sajones y dependían de los francos en el año 536. Los Eucii podían haber sido los mismos que una oscura tribu llamada los Euthiones y probablemente asociada con los sajones. Los euthiones están mencionados en un poema de Venancio Fortunato (583) como un pueblo bajo la soberanía de Chilperico I de los francos. Esta identificación concordaría bien con la posterior localización de los jutos en Kent, puesto que la región justo al otro lado de Kent en el continente europeo (actual Flandes) era parte de Francia. Incluso si los jutos estaban presentes al sur de los sajones, en Renania, o cerca de los frisios, esto no contradice la posibilidad de que fueran emigrantes desde Jutlandia. Antes de producirse las grandes migraciones ocurridas entre los siglos III y VIII, pues, lo más probable es que los jutos limitasen al norte con los danios, los directos ancestros de los actuales daneses, al sur con los sajones, al sureste con los anglos y al oeste (en las islas) con los frisios.

Tras desplazarse, en una migración en la que participó la mayoría del pueblo juto, hacia las bocas del Rin, participaron junto a anglos, sajones y frisios en las invasiones germánicas a Inglaterra que se produjeron a partir del año 430. De acuerdo a Beda, se establecieron en Hampshire, Kent y en la isla de Wight (reino de Kent). Así lo atestiguan numerosos topónimos de esta zona. Aunque es fácil detectar sus influencias en Kent, como en la división de las herencias, su impacto en Hampshire y la isla de Wight es mucho más reducido. Robin Bush, un estudioso moderno, cree que se debe a la asimilación y la limpieza étnica sajona, a pesar de la oposición de otros académicos. Se cree que aquellos jutos que no migraron, son los antepasados de los actuales habitantes de Jutlandia. Además algunos estudiosos los identifican con los göter (léase ioeter), o godos, y los gautas, procedentes del sur de lo que hoy es Suecia y llamados en latín Eotas o Iótas, que no hay que confundir con los getas tracios. Sin embargo, en obras literarias clásicas como Beowulf, poema épico anglosajón, ambas tribus aparecen diferenciadas, nombrándose a los goter,de la isla de Gotland en el suroeste del mar Báltico. Pero es posible que el parecido en el nombre sea una simple confusión. Ambrosius consiguió convencer a los líderes celtas de la amenaza de los jutos y su aliado Vortigern y levantar así una coalición para enfrentarlos. La batalla se produjo en Guoloph, en donde tras una dura lucha venció a Vitalinus, probablemente Vortigern o uno de sus comandantes. En la parroquia de Nether Wallop, al nordeste de la aldea del mismo nombre, se encuentra la fortaleza de la colina de Danebury, datada en la Edad de Hierro, donde se han efectuado numerosas excavaciones entre 1968 y 1988. No hay evidencia de ocupación durante la época romana, pero sí de trabajos de fortificación posteriores.



El perímetro de defensa exterior se redujo pero se mejoraron los trabajos en la zanja que lo rodeaba y la cerámica encontrada en el sitio, vasijas de los siglos V y VI, permiten datar la nueva fortificación del sitio como contemporánea al período de la batalla entre Vitalinus (o Vortigern) y Ambrosius. Consiguientemente, algunos consideran que Ambrosius mismo fortificó Danebury previamente a la Batalla de Wallop en el año 437. Pero no hay evidencia arqueológica para apoyar esta teoría. Y parece probable que la batalla tuviera lugar en realidad más al sur, donde el enemigo podría haber tomado una posición estratégica en lo que la tradición celta rememora como Cad Hill, ahora Hill Chattis, en las fronteras de Nether Wallop y Broughton. La lucha de Ambrosius y Vortigern continuó durante la mayor parte de su vida. La política pro sajona de Vortigern eventualmente lo condujo a su caída y probablemente, a finales de la década de 450, los británicos finalmente se unieron tras la bandera de Ambrosius, sitiaron a Vortigern en su fortaleza en Caer-Guorthigirn, Little Doward, Herefordshire, y la incendiaron con toda su guarnición. No es segura la exactitud del relato. Historia Britonum sitúa la “Batalla de Guoloph” en el 439, unos cuarenta o cincuenta años antes de las batallas que, según Gildas, fueron comandadas por Ambrosio Aureliano, lo que hace suponer a algunos que el primer relato es inexacto o que se refieren a diferentes personas. Otros identifican a Ambrosius con la legendaria figura del Rey Arturo. El otro texto que parece apoyar la existencia histórica de Arturo data del siglo X. Se trata de los Annales Cambriae (“Anales de Gales“), un texto misceláneo que data probablemente del siglo X, aunque con una compleja historia textual, por lo que seguramente recoge datos bastante anteriores. Los Annales también relacionan a Arturo con la batalla del Monte Badon, que fechan en 516 d.C.: “Hubo la batalla de Badon, en la que Arturo llevó la cruz de Nuestro Señor Jesucristo sobre sus hombros tres días y tres noches, y los bretones resultaron vencedores“.



Los Annales mencionan también la batalla de Camlann, en la que habrían muerto tanto Arturo como Medraut (Mordred) y que habría tenido lugar en 537. Esta fuente se ha utilizado para confirmar la noticia de la Historia Brittonum según la cual Arturo luchó en la batalla de Monte Badon. Sin embargo, cabe la posibilidad de que la fuente de los Annales sea la propia Historia Brittonum. La batalla de Monte Badon fue el mayor logro de los romano-británicos, y detuvo el avance de los sajones durante varias décadas. Bastantes años después, la batalla de Deorham, en el año 577, representa la derrota del pueblo celta del sur y la separación de los galeses y de los córnicos, nativos de Cornualles. Según los Annales Cambriae, la última batalla de Arturo habría sido la de Camlann, bastante anterior, en 537, inmediatamente después de un período crítico en que por causas climáticas hubo una fuerte pérdida de población por hambre, justo un año antes de la llegada del líder sajón Cedric, que se convertiría en el primer rey de Wessex. Los Annales Cambriae mencionan la muerte de Maelgwn Wledig, rey de Gwynedd en el año 547, a causa de la Plaga de Justiniano, una pandemia que causó millones de muertos en Europa y que generalmente se atribuye a la peste bubónica. La historia de auge y decadencia que se refleja en el reinado de Arturo coincidiría con este período comprendido entre el final del Siglo V y el principio del VI. Otra fuente antigua que se ha aducido para probar la existencia histórica de Arturo es el poema galés Y Gododdin, antes mencionado, formado por varias composiciones elegíacas compuestas en honor de los britanos del reino de Gododdin, caídos en combate contra los anglos a finales del siglo VI. En una de sus estrofas, se menciona a un héroe que “sació a los negros cuervos en las murallas de la ciudad, aunque él no era Arturo“. Esta referencia resulta polémica. Por un lado, existe debate acerca de la fecha del poema y, dentro del mismo, de los versos mencionados. La horquilla de fechas iría desde el siglo VII hasta el siglo IX o incluso X. Por otro lado también se debate hasta qué punto esta mención de Arturo puede hacer referencia a un personaje histórico, ya que también podría tratarse de un héroe mítico.



También se ha propuesto como testimonio de la existencia histórica de Arturo el hecho de que se conozcan los casos de cuatro o cinco personas que llevaron este nombre en Gales y en Escocia durante los siglos VI y VII. Según algunos autores, se les habría impuesto el nombre de Arturo en memoria de un héroe ya fallecido. Sin embargo, no se conoce ningún caso semejante en el mundo céltico, por lo que otros estudiosos lo consideran una prueba muy poco fiable. En el siglo IX, un tal Nennio compuso una historia de los antiguos habitantes de Inglaterra. Nennio o Nemnivo (Nennius o Nemnivus, en latín) es el nombre de dos personajes, parcialmente legendarios, asociados con la historia de Gales. El mejor conocido de los dos es Nennio, un discípulo de Elvodugo (Elvogudus). Elvodugo es comúnmente identificado con el obispo Elfodd de Gwynedd, quien, en el 768, convenció al resto de la región de Gales de celebrar Pascua en la misma fecha que los otros católicos en Gran Bretaña y que, según los Annales Cambriae, falleció en el 809,. Se sostiene tradicionalmente que este Nennio vivió a inicios del siglo IX y es identificado en un grupo de manuscritos de la Historia Brittonum como el autor de esta historia. Sin embargo, los estudios del profesor David N. Dumville sobre este texto han mostrado que los manuscritos que indicaban esta autoría venían de un ejemplar fechado a fines del siglo XI, mucho después que los ejemplares de las otras versiones de este manuscrito, además de doscientos años después de cuando se supone vivió Nennio. A pesar de ello, varios historiadores todavía se refieren a Nennio como el autor, bien del texto original de la Historia Brittonum, bien de esta versión específica. El otro Nemnio o Nennio es mencionado en un manuscrito galés del siglo IX. Se dice que este Nennio inventó un alfabeto que habría sido preservado en este manuscrito y, según Nora Kershaw Chadwick, se deriva del alfabeto rúnico del inglés antiguo: «De hecho, los nombres asignados a algunas de sus cartas parecen mostrar evidencia de un conocimiento real de los nombres sajones». Algunos concluyen que estas dos figuras son el mismo individuo. Otros argumentan que tal conclusión no está garantizada, dado que se podría sostener que Nennio, el discípulo de Elvodugo, es un personaje ficticio, dado que la historia de Gales y Bretaña para este período en cuestión es bastante incompleta.En ella se mencionaba un caudillo celta llamado Arturo que luchaba contra los invasores sajones y los derrotaba en la batalla de Mons Badonicus. De esta batalla ya se había dado noticia tres siglos antes, pero las crónicas no mencionaban ningún rey Arturo.

La Batalla del Monte Badon (Mons Badonicus en latín, Badon Hill en inglés) fue una batalla en la que las fuerzas romano-britanas derrotaron a una incursión anglosajona proveniente del norte, aproximadamente entre 490 y 517 d. C. El desarrollo de la batalla no está muy detallado, pero se conoce gracias a “De Excidio et Conquestu Britanniae”, un sermón histórico escrito, en el siglo VI, por San Gildas (496 - 570), miembro destacado de la iglesia celto-cristiana en Britania y coetáneo de los hechos. Gildas no precisa los nombres de los protagonistas de la batalla, ni tampoco el lugar. La batalla está también relatada en un texto del siglo IX de origen y autor desconocidos, Historia Brittonum, que atribuye la victoria al legendario Rey Arturo. Algunos historiadores contemporáneos apuntan a que, del texto de Gildas, se podría deducir que Ambrosio Aureliano mandaba las tropas britanas en Badon, dado que le describe como el comandante de las tropas romano-britanas que iniciaron los primeros enfrentamientos contra los sajones. Sin embargo, no cita a Ambrosio Aureliano en el capítulo siguiente, que relata la victoria de Monte Badon, lo que ha llevado a algunos historiadores a concluir que no estuvo, mientras otros han deducido que Monte Badon fue la batalla final de sus campañas militares. Las formaciones celto-britanas se encontraban rodeadas por Aelio de Sussex, rey de los sajones del sur, en el Monte Badon, en donde se habían apostado aprovechando el relieve elevado, mientras unas pocas cohortes y una partida de caballería romano-britana, famosa por su efectividad y fiereza en el campo de batalla, quizás porque estaba compuesta por conscriptos o mercenarios sármatas, se acercaba por el flanco izquierdo, vadeando el río Avon. Esa misma tarde los britanos rechazaron las tropas sajonas con gran heroísmo, ya que el enemigo los superaba en número. La victoria marcó un alto de varios años en el avance de los anglosajones. En cuanto a la supuesta participación del Rey Arturo, cuya identidad es sometida a muchas conjeturas, la cultura popular le ha relacionado a menudo con Ambrosio Aureliano.



Los Anales Cambriae, obra de fines del X, fechan en el año 516 la memorable batalla en que Arturo derrotó al invasor. También fechan en el 537 la batalla de Carmlann, en la que pereció el rey. En la leyenda artúrica, la Batalla de Camlann fue la batalla final del rey Arturo contra Sir Mordred, donde el monarca fue herido mortalmente. De acuerdo a las diferentes versiones de la mitología artúrica, la batalla tuvo lugar en Somerset o en Salisbury, Inglaterra. Algunas fuentes dicen que la batalla fue ocasionada por un soldado que, contrariando las órdenes de su general, desenvainó su espada para matar una serpiente. A esta señal, los ejércitos del rey Arturo y de Sir Mordred salieron a la carga. La contienda se desarrolló a lo largo de una jornada entera de lucha, tras la cual, el mermado y numéricamente muy inferior ejército de Arturo derrotó a las sanguinarias hordas de sajones de Mordred. Ambos líderes cayeron al final del día, pero Arturo, según cuenta la leyenda, fue trasladado aún vivo a Ávalon, donde probablemente aún aguarda el momento de regresar al mundo de los vivos para presentar batalla por, quizá, última vez. La referencia más antigua que se encuentra sobre esta batalla, aparece en los Annales Cambriae, donde se relata que tal disputa ocurrió en el año 537: “Gueith camlann in qua Arthur et Medraut corruerunt” (“La disputa de Camlann donde Arturo y Medraut perecieron“). En Historia Regum Britanniae, el historiador galés Godofredo de Monmouth da también cuenta de la batalla. Esta batalla muy probablemente tuvo lugar, aunque no se sabe quiénes fueron los protagonistas reales. El lugar exacto de la batalla también es desconocido, aunque hay varios supuestos. Uno de los sitios es Queen Camel, en Somerset, cerca de Cadbury, identificado también con el mítico Camelot. El río que fluye en las colinas cercanas es el Río Cam. Otros sitios más al norte son Birdoswald o Castlesteads, cerca de la Muralla de Adriano, uno de los cuales lleva el nombre latino de Camboglanna. Las otras localidades señaladas son el río Camel en la frontera de Cornualles, y el río Camlann, en Eifionydd, Gales.

Éstos son los más antiguos documentos referidos al rey Arturo. Pero también sabemos que Arturo era, ya en el siglo X, una figura familiar del folklore galés, aunque ignoramos hasta dónde se remontaban las raíces de estas leyendas célticas galesas. No existen datos fiables que garanticen la existencia histórica del mítico rey. Todo lo que hay son conjeturas más o menos razonables. En el siglo XII, dos culturas coexistían en Gran. Bretaña: la inglesa, autóctona, y la francesa, importada por los conquistadores normandos que se habían apoderado de la isla. Los normandos tenían tema de inspiración literaria en las historias y hazañas de Carlomagno y sus famosos pares. Los ingleses reaccionaron patrióticamente potenciando la figura de Arturo y sus caballeros para llenar el vacío de su propio campo. La cuestión de si el fabuloso rey había existido o no resultaba irrelevante. Los ingleses echaron mano de aquella brumosa figura y la elevaron a la categoría de héroe nacional, añadiéndole los atributos necesarios para que de ella brotara el frondoso árbol de lo que se dio en llamar Ciclo Bretón, o conjunto de tradiciones épicas británicas, basadas en el folclore celta. Con el tiempo llegaría a eclipsar al Ciclo Francés, a pesar de todas las formidables aventuras de Carlomagno y sus pares, que tanto gustaban a los normandos. El principal artífice de esta irrupción artúrica en la literatura medieval fue Geoffrey de Monmouth, autor de una historia de los reyes de Britania, basada en la de Nennio y en la tradición oral inglesa. Esta obra, muy influida por las figuras de Carlomagno y Alejandro Magno, hace de Arturo un poderoso rey que se cubre de gloria derrotando a un ejército romano en Francia. El ciclo francés trata principalmente de héroes franceses que ponen sus armas al servicio de la religión. La figura central es Carlomagno, que se convierte en el héroe del cristianismo. El poema épico más famoso de este grupo, compuesto a finales del siglo XI y principios del XII, es la Canción de Roldán.



Geoffery de Monmouth (en galés, Gruffudd ap Arthur o Sieffre o Fynwy), latinizado como Galfridus Monemutensis), fue un clérigo escritor y uno de los principales personajes en el desarrollo de la materia de Bretaña y responsable en la expansión y notoriedad de los relatos sobre el Rey Arturo. Si bien su lugar de nacimiento es desconocido, se conjetura que podría haber nacido en Monmouth (Gales), y que su ascendencia fuera bretona. Ciertamente poseía importantes lazos de unión con Monmouth, como su nombre sugiere, y lo certifican las exactas descripciones de Caerleon (o Camelot) en su Historia Regum Britanniae, por lo que estaba muy familiarizado con esta región. Su padre se llamaba Arthur, lo cual resulta casi premonitorio. Se ignora dónde se formó, pero pudo ser en la Escuela Catedralicia de Oxford, donde conoció a su archidiácono Walter, quien llegó a ser amigo suyo. Desde aproximadamente el 1129 hasta 1150 sirvió como canónigo agustino secular de la escuela de San Jorge, en el castillo de Oxford, y fue su profesor. En aquel tiempo todavía no se había fundado su famosa universidad. Se encuentra su nombre entre 1129 y 1152 en seis cédulas diferentes relacionadas con fundaciones religiosas cerca de Oxford en las que actúa como testigo y en dos firma como magister, lo que revela su condición de docente. Sin duda en el Colegio de Saint George, donde acaso él mismo pudo haber sido educado. El 21 de febrero de 1152 el arzobispo Theobald consagró a Geoffrey como obispo de Saint Asaph, en Gales del Norte, tras haberlo ordenado sacerdote diez días antes en Westminster. Las crónicas galesas certifican su fallecimiento en 1155, probablemente en Oxford, si bien en 1153 se hallaba en Londres para firmar como testigo en la Carta de Westminster del rey Esteban, que preparaba la venida al trono de Enrique II Plantagenet.

Durante su estancia en Oxford, Geoffrey escribió en latín tres obras, o al menos son sólo tres obras las que han llegado hasta nosotros: las Prophetiae Merlini (“Profecías de Merlín“) las escribió antes de 1135, a petición de su superior eclesiástico, Alejandro, Obispo de Lincoln. Hacia 1136, y en todo caso no antes de diciembre de 1135 ni después de 1138 o 1139, completa la más importante de sus obras, que incorpora la anterior. La Historia Regum Britanniae, dedicada a Roberto, duque de Gloucester, hijo natural de Enrique I, y a Galeran IV, conde de Meulan (1104 – 1165), hijo de Roberto de Beaumont. La Vita Merlini (“Vida de Merlín“) es la tercera y última obra de Geoffrey. Es un poema de 1526 hexámetros terminado aproximadamente en el año 1148. Va dedicado a Roberto de Chesney (1148-1167), colega de Geoffrey en el colegio de Saint George y sucesor de Alejandro en el obispado de Lincoln. Godofredo de Monmouth escribió varios libros. El primero en aparecer fue Prophetiae Merlini, que es considerado el primer libro sobre el famoso mago, escrito en otra lengua que no fuera la galesa. Antes de este libro, el mago Merlín era conocido como “Myrddin“. Las profecías contenidas en este libro, fueron tomadas muy en serio, y citadas inclusive tres siglos después. Las profecías, que en un principio se publicaron de forma independiente, fueron incorporadas posteriormente a la redacción de la Historia Regum Britanniæ. El siguiente libro fue la Historia Regum Britanniæ (Historia de los reyes de Bretaña), su trabajo más conocido por los lectores modernos. Sí posee fuentes, pero no una fuente única. Es en realidad una refundición y ensamblaje hábil de varios materiales: sobre todo el De excidio et conquestu Britanniae, de Gildas. Pero también de la Historia ecclesiastica gentis Anglorum, de Beda el Venerable, y la Historia Britonum atribuida a Nennio.



A este enigmático personaje llamado Merlín se le atribuyen varias enigmáticas profecías, escritas alrededor del año 400 de nuestra era. Las que fueron atribuidas al Mago Merlín, fueron recopiladas por un personaje llamado Volta en el año 1450. Con respecto a las Cruzadas, para la liberación de Jerusalén, nos dice: “Después de que la cosa nacida antaño (el cristianismo) de Jerusalén tenga 1.250 años de edad, gran multitud de cristianos irá a ultramar para combatir a los sarracenos y tales cristianos serán casi todos muertos”.. En relación al descubrimiento de América y la esclavitud, profetiza: “Los hombres salvajes conocerán a los que vienen del mar. Después las naves se llevarán oro. Entonces África, será esclava, pero África esclava dominará“. Refiriéndose a la Revolución Francesa, afirma: “Pocos tiempo antes que la cosa que antaño nació en Jerusalén haya finalizado su decimoctava edad, la grande proeza que habrá sido entre sus antepasados, que en ese tiempo los franceses serán más odiados que dichos antepasados. De sangre se teñirá la Galia y la cabeza del rey será cortada. La cabeza de la reina será cortada. La cabeza del príncipe será cortada. Y la cabeza de los amigos del rey serán cortadas. Tiempos de horror vendrán y muchos derramarán su sangre. Con nuevos vientos vendrán nuevas leyes“. Supuestamente se refiere a la revolución francesa de 1789 y a la declaración de los Derechos Humanos. En relación a la pérdida del poder papal y la destrucción de Roma, profetiza: “Antes de que la cosa nacida en Jerusalén llegue a su vigésimo año (veinte siglos) de edad, el país de Italia tropezará. Se llama Romana y una gran parte será acabada por el Apóstol (el Papa). Habrá un Papa que no osará mirar a Roma. Una cosa semejante que los romanos saben entre otras, que antes de que ese Papa cambie de siglo, hará sufrir a Nuestro Señor tal vergüenza que no se podrá aparejar. Y es entonces cuando los romanos sabrán que empieza su destrucción, como castigo de sus pecados“.

Y refiriéndose a una hipotética III Tercera Guerra Mundial, afirma: “El mundo será un césped. Y en el césped tres muchachas jugarán. Pero bajo la Tierra yo veo el fuego. Y cuando una de las tres muchachas lanza la piedra, todas las tres muchachas serán alcanzadas. En el césped habrá fuego y en cada fuego se escribirá un nombre. Pero el nombre fue escrito para olvidarse. Cuando la madre del Señor aparezca en varios sitios y cuando el apóstol tenga dos nombres, será el momento de prepararse, pues la sexta hora estará próxima”. Las tres muchachas serían tres países, tres países capaces de jugar con el mundo es decir, muy poderosos. Y con respecto al fin de los tiempos, profetiza: “El dragón aparecerá entre los mortales al finalizar el año 2000. Parecerán Victoriosos, llenos de honra. Pero será bueno que los hombres mantengan la mirada fija sobre la Toscana, porque será de ese lado que aparecerá el dragón. Allí serán sacrificadas la vírgenes. El litoral de Cartago será tragado por el mar y se desfigurarán otras tierras. Es el tiempo del dragón de Babilonia. Cuando el dragón de Babilonia llegue al fin, muchas señales saltarán de la tierra africana. Las ciudades de los seguidores del dragón serán destruidas. Próximo el fin del mundo, cuando el sol y la luna cambiarán, los grifos vendrán a comer trigo. Los países estarán llenos de lágrimas. El sol se demorará en el Este y la luna en el Occidente; y ellos no seguirán más su curso. En ese momento en que los hombres y mujeres tendrán los niños más raramente, las personas perderán la fe y el mundo será sumamente malvado: los pequeños se apretarán. Los grifos volarán en Egipto. Próximo el fin del mundo, el Papa y los Cardenales tendrán que huir de Roma hacía un lugar donde ellos pasarán inadvertidos, bajo circunstancias difíciles. El morirá de una manera cruel en su sufrimiento, en el exilio. Los sufrimientos de la iglesia serán mayores que en cualquier tiempo pasado“.



Geoffery de Monmouth utiliza también las Crónicas de sus contemporáneos Guillermo de Malmesbury y Enrique de Huntington. También utiliza diversas comunicaciones orales de Walter y de otros, tales como el mundo clásico latino (Cicerón, Juvenal, Lucano, Apuleyo, Floro, Orosio, Estacio, Virgilio), la tradición bíblica, las leyendas autóctonas de origen romano y el folklore céltico galés que, por otra parte, inspira el De excidio Britanniae, de Gildas. Relata la historia británica desde el primer asentamiento de Bruto de Troya, descendiente del héroe troyano Eneas, hasta la muerte de Cadwallader en el siglo VII, pasando por las invasiones de Julio César, y las primeras versiones de la leyenda de El rey Lear y de la historia del rey Arturo. Aunque Godofredo de Monmouth advierte que su obra está basada en parte en un antiguo libro de Gales, pocos consideran cierta esta aseveración. Más tarde, Godofredo de Monmouth escribió Vita Merlini (La vida de Merlín) en algún momento entre 1149 y 1151. Ésta es la nueva versión de las antiguas tradiciones galesas sobre Myrddin (Merlín). Sobre estos sólidos cimientos se levantó la obra maravillosa del Ciclo Bretón, cuyos principales poemas fueron compuestos entre los siglos XII y XVI por autores franceses, ingleses y alemanes. Al principio, el rey Arturo acaparaba todo el interés, pero después fue cediendo parte de su protagonismo a algunos de sus caballeros, principalmente a Lanzarote, quien, de acuerdo con la moda del momento, encarnó el amor cortés. Un amor, por cierto, adulterino, pues su enamorada es la reina Ginebra, esposa de Arturo. Pasada la primera fiebre del amor surgieron romances que recreaban temas místicos. Entonces adquirió protagonismo Galahad, hijo de Lanzarote, y brilló con luz propia el más fascinante tema de las leyendas artúricas: el Santo Grial. Sir Galahad (a veces nombrado como Galaz y en galés como Gwalchavad) es un caballero de la Mesa Redonda del Rey Arturo y uno de los tres que alcanzaron el Grial en las leyendas artúricas. Es el hijo bastardo de Sir Lanzarote y Elaine de Carbonek, y es reconocido por su gallardía y pureza. Él es quizás la encarnación caballeresca de Jesús en las leyendas artúricas. Su primera aparición es el ciclo Lanzarote-Grial, y su historia se toma en trabajos posteriores, tales como el ciclo post-Vulgata y La muerte de Arturo, de sir Thomas Malory.

La concepción de Galahad viene de cuando Elaine, hija de Pelles, Rey del Grial, usó su magia para engañar a Lanzarote y hacerle pensar que era Ginebra. Yacen juntos, pero al descubrir el engaño, Lanzarote la abandona y vuelve a la corte de Arturo. Galahad es puesto al cuidado de su tía abuela, la abadesa de un convento de monjas, donde es criado. Galahad era el nombre original de Lanzarote, pero se lo habían cambiado cuando era todavía un niño. Merlín profetizó que Galahad sobrepasaría a su padre en valor y lograría alcanzar el Santo Grial. Al alcanzar la edad adulta, Galahad se reunió con su padre, quien lo convirtió en caballero. Es llevado a la corte de rey Arturo, en Camelot, durante Pentecostés. Sin darse cuenta del peligro en el que se ponía, sir Galahad caminó alrededor de la mesa redonda en medio de las festividades y se sentó en el asiento peligroso. Este lugar había sido mantenido vacante sólo para la persona que lograra alcanzar el Santo Grial. Para cualquier otra persona que se sentara allí sería inmediatamente fatal. Sir Galahad sobrevive al acontecimiento, atestiguado por el rey Arturo y sus caballeros. El rey pide entonces que el joven caballero realice una prueba que implica extraer una espada de una piedra. Éste lo logra con facilidad, y el rey Arturo rápidamente proclama a Sir Galahad como el caballero más grande del mundo. Es invitado a que se una a la Orden de la Mesa Redonda, y luego de una etérea visión del Grial, se fija la búsqueda para encontrarlo. Los caballeros de la Mesa Redonda, también llamados de la Tabla Redonda, formaban una orden de caballería mítica legendaria, que aparecen en las leyendas artúricas de la llamada materia de Bretaña. Según éstas, la orden fue fundada una vez Arturo fue proclamado rey de Britania y fundó su corte en Camelot. El rey de Leodegrance, que gobernaba las tierras de Cameilard, con motivo de la boda de su hija Ginebra con el rey Arturo le regaló la mesa o tabla que dio origen a la orden. La mesa tenía ciento cincuenta plazas que no siempre estaban cubiertas, y en ellas se sentaron los más dignos caballeros de su tiempo según cuenta la leyenda, la importancia de que la mesa o tabla fuera redonda reside en que nadie la presidía, es decir, que los que allí se sentaban ninguno estaba por encima de los demás. La orden comenzó a decaer cuando surgió la demanda del Santo Grial que hizo que muchos de los caballeros partieran en su búsqueda y muchos perecieran en la misma, pero el final definitivo de la orden ocurrió cuando la hermana del rey, la bruja Morgana, hizo públicos los amores adúlteros entre la esposa del rey, Ginebra y el primer caballero de este, Lancelot, lo que llevó a una guerra civil y a la muerte del rey a manos de Mordred hijo del rey y Morgana. Después de aquello, Arturo fue llevado por Morgana a la isla de Avalón, donde sería enterrado.



En La muerte de Arturo, de Malory, el increíble valor y fortuna de Galahad en la búsqueda del Santo Grial se basan en su piedad. Según la leyenda, solamente los caballeros puros pueden llegar a alcanzar el Grial. Mientras que en un sentido general, esta “pureza” se refiere a la castidad, parece que Galahad había vivido una vida sin pecados, y como resultado, vivía y pensaba en un nivel diferente que los otros caballeros de la leyenda. A pesar de esto, y quizás debido a su naturaleza pura y libre de pecados, Galahad, como personaje, parece ser inhumano. Derrota a caballeros rivales aparentemente sin esfuerzo, habla poco con sus pares, y conduce a sus compañeros al Grial con una implacable determinación. De los tres que emprenden la búsqueda del Grial (Bors, Perceval, y Galahad), éste último es quien termina alcanzándolo. Cuando lo hace, lo elevan al cielo como al patriarca bíblico Henoc o al profeta Elías, dejando a sus compañeros detrás. Como es natural, en este conjunto de historias interrelacionadas, cuya composición abarca casi cinco siglos y es obra de un dispar grupo de autores inspirados por intenciones distintas, no hay que esperar una narración trabada y coherente, sino, por el contrario, una intrincada variedad de personajes y episodios no siempre congruentes. No debemos sorprendernos si en un poema se nos presenta Gawain como caballero intachable y de atento trato y en otro aparece poco menos que como un bandido sin escrúpulos. A pesar de estas contradicciones, las historias del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda mantuvieron su atractivo durante toda la Edad Media. Bueno será que pasemos revista a los episodios más populares del Ciclo Bretón intentando reconstruir una cronología lógica en torno al rey Arturo. Sir Gawain (también llamado Gwalchmai, Gawan, Gauvain, Galván, Walewein,Gaway) es sobrino del Rey Arturo y un caballero de la Mesa Redonda, que aparece muy tempranamente durante el desarrollo de las leyendas artúricas. Es uno del selecto número de caballeros de la Mesa Redonda a los que se refiere como «los más grandes» de los caballeros. Casi siempre es retratado como el hijo de la hermana de Arturo, Morgause (o Anna) y del Rey Lot de las Órcadas y de Lothian. Sus hermanos son Agravain, Sir Gaheris, Gareth, y Mordred. En otras versiones, este último es su primo, hijo del hada Morgana.

En algunos trabajos tiene también hermanas. Gawain se retrata a menudo como un formidable pero temerario caballero, fervorosamente leal a su rey y a su familia. Es un amigo de los caballeros jóvenes y un defensor de los pobres. Sus fuerzas crecen y menguan con el sol; su poderío se triplica al mediodía, pero se desvanece a medida que el sol se pone. Se le reconocen por lo menos tres hijos: Florence, Lovell, y Gingalain, éste último también llamado Libeaus Desconus o Le Bel Inconnu, «el Bello Desconocido». En la literatura artúrica galesa posterior, Gawain es considerado un sinónimo del campeón nativo Gwalchmei. Una gran cantidad de romances en francés aparecieron con la aparición de Chrétien, y Gawain fue retratado de varias maneras. A veces él es el héroe, otras su ayudante, otras es el sujeto de humor burlesco. En el ciclo de la Vulgata, se lo representa como un caballero orgulloso y mundano que demuestra a través de fracasos el peligro de descuidar el espíritu por los vanos regalos del mundo material. En la búsqueda del Santo Grial sus intenciones son siempre las más puras, pero es incapaz de usar la gracia de Dios para ver el error de sus maneras. Más adelante, cuando su hermano Agravain y su primo Mordred se unen para destruir a Lanzarote y a Ginebra, exponiendo su aventura amorosa, Gawain intenta detenerlos. Cuando Ginebra es sentenciada a quemarse en la estaca y Arturo despliega a sus mejores caballeros para vigilar la ejecución, Gawain rechaza noblemente participar en el malvado acto, a pesar de que sus hermanos estarán allí. Pero cuando Lanzarote vuelve a rescatar a Ginebra, sobreviene una batalla entre los caballeros de éste y los de Arturo y los hermanos de Gawain, a excepción de Mordred, terminan muertos. Esto convierte su amistad con Lanzarote en odio, y su deseo de venganza lo hace atraer a Arturo a una guerra con Lanzarote, en Francia. Durante la ausencia del rey, Mordred usurpa el trono. Los británicos deben volver a salvar Bretaña, y Gawain es mortalmente herido en una valerosa batalla contra las fuerzas de Mordred. En una carta a Lanzarote, moribundo, se disculpa por sus acciones y le pide que vuelva a Bretaña para ayudar a derrotar a Mordred.



Arturo parece que nació en un lugar de Cornualles llamado Tintagel. El rey de este lugar se llamaba Gorlois y estaba casado con Ingerna, la más bella reina que jamás haya existido. El fogoso rey Uther Pendragón se prendó de ella y consiguió del mago Merlín que, con sus encantamientos, le confiriese la exacta apariencia del rey Garlois. Disfrazado de esta guisa pudo poseer carnalmente a la honesta Ingerna y ella quedó preñada de él y dio a luz a Arturo. A poco la reina enviudó y Uther Pendragón la desposó. De este modo el niño quedó legitimado. La leyenda tiene raíces clásicas evidentes. Recordemos que Júpiter adoptó la apariencia del esposo de la bella Alcmena y de su unión nació Hércules. Siendo Arturo todavía niño, una hazaña suya confirmó que estaba destinado a reinar. El mozalbete consiguió arrancar la mágica espada Excalibur de la roca donde estaba clavada, hazaña nunca antes conseguida por ningún otro caballero. Era la prueba ideada por el mago Merlín para detectar al futuro rey. Otras versiones aseguran que esta espada le fue entregada a Arturo por un hada, la Dama del Lago. Ya rey, Arturo instaló su corte en Camelot, modernamente identificado con el castillo de Cadbury, en Somerset. Su esposa, la inquieta reina Ginebra, que era una bella dama, no le guardó la fidelidad debida y mantuvo amoríos con el apuesto Lanzarote. En otras versiones, la reina es raptada por Melwas, rey de Aestiva Regia, y luego rescatada por Arturo o por Lanzarote. Otras veces el que la rapta es Mordred, que unos consideran sobrino del rey y otros su hijo. En cuanto a Lanzarote, conviene precisar que era hijo del rey Ban, de Benoic, pero en su infancia había sido raptado por el hada Viviane, la Dama del Lago. El hada lo educó convenientemente y cuando cumplió la mayoría de edad lo envió a la corte del rey Arturo. Tal como ya hemos indicado, Lanzarote tuvo un hijo de la princesa Eliane: Sir Galahad, el caballero místico. En los romances artúricos Nimue es uno de los nombres que recibe un interesante pero oscuro personaje, la Dama del Lago, una hada de las aguas que entrega al rey Arturo la espada de poder, Excalibur. Su nombre varia según las leyendas, pues se la conoce también como Niniane, Niviane o Viviane. En su figura se vislumbran rasgos de la diosa de las aguas, Coventina, a la que se hacían ofrendas en forma de monedas, perlas y otros objetos de valor.

En algunas leyendas, Nimue aparece como la hija de la Dama del Lago, y en otras como la amante del mago Merlín. Según Chrétien de Troyes, la Dama del Lago, también llamada Viviane, es la madre adoptiva de Lancelot. Así mismo aparece en los romances, no sólo como el hada que entrega Excalibur a Arturo, sino también la que exige que la espada sea devuelta al Lago, que puede identificarse con Avalon, cuando Arturo es herido de muerte en el campo de batalla.En la obra de Malory, es una de las tres hadas que escoltan al rey Arturo a Avalon. Una leyenda cuenta que Merlín conoció a Nimue cerca de la fuente de Barenton, en Bretaña, y que se enamoró de ella tan profundamente que consintió en mostrarle el secreto de sus poderes mágicos. Nimue se convirtió en su amante y en su escriba y anotó cuidadosamente las profecías del mago. Pasaron los años, y las artes de Nimue se volvieron casi tan poderosas como las de su maestro y, aprovechando la confianza que el mago había depositado en ella, lo engañó y lo encerró en una cueva, o en una torre de cristal o en el tronco de un roble, según las distintas versiones.En las tradiciones más modernas, el papel de Nimue como pupila de Merlín y como la malvada culpable de su caida, se traspasa a Morgana Le Fay. En alguna leyenda se habla de ella como la reina de las hadas del bosque encantado, protectoras de los caballeros de la Tabla Redonda en su búsqueda del Santo Grial. En las Nieblas de Avalon, Nimue es la hija de Lancelot y Elaine y sucesora de Morgana como Dama del Lago y Señora de Avalon. Nimue recibe una misión muy especial que la llevará a la muerte: castigar a Kevin, el Merlín de Bretaña, por traición a Avalon y a los dioses antiguos.Con un encantamiento, Nimue hace que Merlín se enamore de ella y le engaña para que la acompañe a Avalon donde es ejecutado. Tras una lucha feroz, Arturo fue mortalmente herido por la espada de Mordred. Sintiéndose morir, ordenó a uno de sus caballeros que arrojaran Excalibur a un lago cercano, pero cuando la espada caía a las aguas surgió Nimue, quien la recogió, la blandió tres veces y desapareció con ella en las profundidades.



Los caballeros del rey Arturo se reunían en torno a la Tabla Redonda, diseñada por el mago Merlín para que todos pudieran instalarse democráticamente, sin sitiales preferentes. Esta mesa simboliza la personalidad colectiva del grupo, su cohesión y su hermandad militar. Tan famosa institución inspiró gran parte de las órdenes de caballería creadas por los monarcas europeos. Arturo luchó contra los invasores sajones y los derrotó en Badon hacia 516. En aquella memorable batalla «llevó la cruz de Nuestro Señor Jesucristo sobre sus hombros por espacio de tres días y tres noches, y los bretones salieron victoriosos». Arturo llegó a ser tan poderoso que pudo exportar la guerra a Noruega y a Francia. Allí derrotó a un ejército romano que pretendía obligarlo a pagar tributo. Se disponía a proseguir sus conquistas cuando recibió noticias de que en Gran Bretaña se le había sublevado Mordred. Regresó Arturo a su reinó y se enfrentó a los rebeldes en la batalla de Carmlann, en la que los dos caudillos perecieron. En su agonía, el rey llamó a su lado al fiel caballero Bedivere y le encomendó que devolviese la espada Excalibur al lago. Sir Bedivere titubeó antes de arrojar al abismo tan maravillosa arma, pero finalmente cumplió la orden de su señor. Cuando la espada se abatía sobre las aguas, una mano misteriosa emergió, probablemente la Dama del Lago, la empuñó, la levantó tres veces y finalmente desapareció en el lago. Otras versiones sostienen que Arturo sólo resultó herido en el combate y que fue trasladado por los suyos a la mágica isla de Avalon, morada y señorío del hada Morgana y de sus ocho hermanas, todas versadas en magia y pociones curativas. El convento hechiceril se encargó de devolver la salud al rey. En Avalon permanecería curándose y apartado del mundo, pero alguna vez regresaría de este retiro para volver a reinar. Algunos autores consideran al hada Morgana como hermana de Arturo. Los temas del Grial afectan también a la Tabla Redonda. Ésta aparece a veces como la mesa diseñada por José de Arimatea para conmemorar la Santa Cena. El sitio de Judas quedaba libre y era el llamado siege perilous (asiento peligroso). Sólo podía ocuparlo sin peligro un caballero intachable, el héroe del Grial, que, tal como hemos indicado, resultó ser Galahad.



Es posible que la exaltación del tema del Grial en algunas óperas de Wagner, y la admiración que algunos jerarcas nazis sintieron por el músico y por los aspectos esotéricos de su obra se conjugaran para favorecer, en plena Alemania hitleriana, el resurgir de una nueva mitología del Grial, considerado como el libro sagrado depositario de la tradición aria. Hasta ahora hemos contemplado los aspectos míticos y literarios relacionados con la figura del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda. A continuación intentaremos diferenciar al rey histórico del legendario. Gran Bretaña fue fugazmente conquistada por Julio César en el año 54 antes de Cristo. Sin embargo, sólo cabe hablar de verdadera conquista romana en la época del emperador Claudio. Tres siglos y medio permanecieron los romanos en la isla ocupando su parte más fértil. La dotaron de buenas calzadas y campamentos fortificados, así como de poblaciones de una cierta entidad. A mediados del siglo IV de nuestra era comienza a resquebrajarse el poder romano. Gran Bretaña, acosada por los piratas sajones y anglos, acaba desvinculándose del imperio y Roma renuncia abiertamente a su control. El vacío que dejaron los romanos fue ocupado por una serie de caudillos locales célticos, de origen galés, que organizaron la resistencia de la población indígena frente a los piratas y a los colonos que éstos traían consigo. El avance sajón sufrió un estancamiento a mediados del siglo VI. Los arturistas consideran que por entonces se produjo la batalla de Badon, en la que los celtas derrotaron a los invasores. No obstante, las noticias del periodo son escasas y poco fiables. Con razón se lamentaba el historiador Trevelyan de que «las páginas más importantes de la historia inglesa están en blanco». Las fuentes sitúan el reinado de Arturo en el siglo VI de nuestra era. Quizá nació hacia el año 470. Sin embargo, los primeros documentos fiables que lo mencionan datan de unos tres siglos más tarde, aunque vengan acompañados de una tradición oral importante. Al principio, Arturo ni siquiera aparece como rey, sino como Dux bellorum, es decir, como caudillo militar. Dado que Arturo no es un nombre celta sino latino, algunos se preguntan: «¿Sería quizá un general romano qué luchó valientemente contra los sajones y fue devotamente recordado por la tradición?»



Otros sugieren que quizá la clave del éxito militar del personaje residía en que empleaba ventajosamente la caballería, una innovación romana. Como los anglosajones eran guerreros de a pie, el empleo de caballos le otorgaba la ventaja de la movilidad. Su pretendida superioridad táctica permitió a Arturo contener, por un tiempo, el irrefrenable avance anglosajón. Pudiera ser, pero tampoco hay pruebas que abonen esta suposición. Sólo sabemos que la conquista anglosajona progresó lentamente, lo que permite suponer que encontró enconada resistencia. Cuando consiguieron alcanzar Cornualles, en 825, detuvieron su avance. Jamás conquistaron Gales. Hacia 1125, un tal William de Malmesbury visitó la abadía benedictina de Glastonbury y escuchó de labios de un monje la historia de Arturo. Tiempo después, un colega suyo, Geoffrey de Monmouth, historiador con dotes de fabulador, divulgó las leyendas artúricas. Después de esto la manipulación política del mito era inevitable. Enrique II, empeñado en prestigiar la monarquía después de una gran crisis de autoridad, concibió la idea de identificar su dinastía con la del mítico rey. La idea no era muy original: también sus colegas los reyes de Francia se consideraban herederos de Carlomagno. Si el nieto de Enrique II hubiese llegado a reinar lo habría hecho con el nombre de Arturo II. Parece que la suerte no acompañaba a los vástagos de sangre real bautizados con el augusto y legitimador nombre del legendario rey. Enrique VII Tudor quiso llamar Arturo a su primogénito y heredero. Incluso lo hizo bautizar precisamente en Winchester, donde se pensaba que había estado la corte legendaria de Camelot. Este Arturo contrajo matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, pero falleció antes de subir al trono. De nuevo Inglaterra perdía la oportunidad de tener un rey Arturo II. La corona fue a parar a Enrique VIII, al que algún poeta cortesano llamó «Arturo redivivo». Este rey, famoso por su reincidencia matrimonial, vivió una juventud atlética, pero pasada la flor de la edad, comenzó a engordar y se dejó barba, seguramente para ocultar la doble papada, Es posible que el rey. barbudo pintado en el centro de la Tabla Redonda de Winchester no sea otro que Enrique VIII.



En 1184, la abadía de Glastonbury sufrió un devastador incendio. Cuando la estaban reconstruyendo, unos obreros encontraron a dos metros de profundidad una losa de piedra y una cruz de plomo con la inscripción HIC IACET SEPULTOS INCLITOS REX ARTURIUS IN INSULA AVALONIA (Aquí yace sepultado el famoso rey Arturo, en la isla de Avalon). Debajo de la losa había un enorme tronco ahuecado que contenía un esqueleto cuyo cráneo presentaba señales de heridas. Al lado había huesos más delicados, presumiblemente de mujer, y restos de cabello rubio. ¿La reina Ginebra? Los huesos fueron preservados por los monjes con todos los honores y colocados entre las más preciadas reliquias de la abadía. Al año siguiente, el rey Ricardo Corazón de León, cuando iba camino de Tierra Santa para participar en la tercera cruzada, regaló a Tancredo de Sicilia una hermosa espada asegurándole que se trataba nada menos que de la legendaria Excalibur aparecida en el sepulcro del rey Arturo. Pero todo el asunto del hallazgo de las reliquias artúricas en la abadía de Glastonbury despide un tufillo de falsificación. El caso es que los monjes procuraron alentar la vinculación del monasterio con la legendaria Avalon, la isla maravillosa. Al poco tiempo, esta identificación era universalmente aceptada y nadie discutía que José de Arimatea, el legendario portador del Grial, se hubiese afincado en Glastonbury. Incluso se emprendieron nuevas excavaciones con la esperanza de encontrar su sepultura. En 1278, el rey Eduardo visitó la abadía para contemplar los huesos de Arturo y Ginebra y los hizo sepultar frente al altar mayor de la nueva iglesia. La manipulación política de la leyenda artúrica continuaba. El rey inglés conquistó Gales, e invocando la autoridad de Geoffrey de Monmouth reclamó sus derechos sobre Escocia, como sucesor legítimo de Arturo, cuya corona ceñía. La mítica conquista de las Galias por el rey Arturo legitimó que su sucesor Eduardo III intentase conquistar Francia. Del mismo modo, la fundación de la orden de la Jarretera refleja la hermandad de los caballeros de la Tabla Redonda. Por todo el territorio británico comenzaron a surgir falsas reliquias artúricas sobre la pauta marcada por Glastonbury. En el castillo de Dover se guardaba la calavera de Gawain; en el de Winchester, la mismísima Tabla Redonda, que todavía hoy podemos admirar. Es un grueso tablero circular de cinco metros y medio de diámetro que data del siglo XIII, aunque las pinturas que lo adornan son muy posteriores a esa fecha. En la orla aparecen los nombres de los caballeros del rey Arturo, señalando el asiento de cada uno de ellos.



Las ansias de legitimación de la monarquía Tudor provocaron la más descarada manipulación de los temas artúricos por los poetas cortesanos aduladores de la casa reinante. Este fenómeno culmina con el poeta inglés Edmund Spenser, en cuya obra The Faerie Queen (La reina de las Hadas), la dinastía Tudor aparece como un frondoso árbol nacido de la semilla artúrica. El legendario rey britón simboliza el bien y a Cristo. En este retablo maniqueo, el mal es simbolizado por España, enemiga de Inglaterra. La manipulación política del mito resultó ser un arma de dos filos, como ulteriores acontecimientos demostrarían. En tiempos de los Estuardo, los parlamentarios enfrentados a la corona desprestigiaron los mitos artúricos motejándolos de fantasías monárquicas. No obstante, a pesar del descrédito, la siempre remozada imagen de Arturo continuó inspirando a poetas y novelistas, particularmente en el siglo XIX, con la vigorosa acumulación de apasionado romanticismo e imperialismo Victoriano, que cristaliza en la obra de Tennyson. Esta ininterrumpida tradición literaria inglesa continúa siendo explotada con éxito en nuestros días por novelistas y cineastas. Desde el siglo XII se habla del nacimiento de Arturo en Tintagel. En este lugar, que comprende una pequeña península rodeada de acantilados y escarpaduras, se levantó un castillo hacia 1150. El estrecho istmo está limitado por un talud que en su origen estuvo defendido por una muralla y un foso. Sólo se podía acceder al castillo a través de un angosto sendero. El análisis de los restos arqueológicos excavados en Tintagel permite señalar dos periodos de construcción: el primero en el siglo XII, poco después de 1141, y el segundo a mediados del XIII. Éste es el castillo que algunos escritores artúricos medievales describen. La fortaleza fue abandonada y se arruinó a mediados del siglo XVI. Desde finales del XIX el lugar ha concitado la curiosidad del público. El número de turistas que lo visitan está creciendo espectacularmente en las últimas décadas. Entre ellos abundan los ingleses interesados en temas artúricos, en lo que podríamos calificar de orgullosa afirmación nacionalista.



De acuerdo con los arqueólogos, en Tintagel existió un monasterio céltico datable entre los siglos V y VI de nuestra era, es decir, en la época artúrica. El sugerente y pintoresco lugar parece escenario a propósito para que los soñadores artúricos rindan emocionada visita. Si Tintagel comenzó a explotar el turismo artúrico a fines del siglo XIX, Glastonbury —o los monjes de su antigua abadía— había descubierto esta saneada fuente de ingresos ya en él siglo XIII. La abadía desapareció en el siglo XVI, pero los turistas continúan afluyendo y se esparcen por las ruinas del monasterio que se enorgullecía de atesorar los restos de Arturo. Como siempre, las fuentes que asocian al legendario rey con el lugar son imprecisas y tardías, no anteriores a 1150. Entonces comenzó a identificarse Glastonbury con la isla Avalon de la leyenda. En 1190 se descubrieron casualmente los pretendidos restos de Arturo y su esposa en el cementerio de la abadía, con la sospechosa cruz de plomo que «certificaba» la autenticidad. En 1962 se excavó nuevamente el lugar y se encontró el agujero de aquella excavación. Trasladados los restos de los reyes al interior de la iglesia, se sabe que fueron mostrados a Eduardo I, en 1278, y que éste los hizo sepultar frente al altar mayor, aunque las calaveras se dejaron fuera para que pudieran ser contempladas por los devotos peregrinos. Durante la Reforma, la tumba fue violada y sus huesos dispersos. Restos de la fosa sepulcral frente al altar mayor fueron descubiertos en 1931. Los arturistas contemplan fascinados el rectángulo de hierba que lo señala, en las melancólicas ruinas del monasterio. Desde 1908 los arqueólogos han excavado sistemáticamente las ruinas de Glastonbury y sus alrededores con diversa fortuna. Parece que allí pudo existir un santuario pagano en época celta y que esta sacralización del lugar favoreció el establecimiento posterior de un templo y una comunidad cristianos. El Camelot Research Committee admite la autenticidad de los restos de Arturo allí encontrados. Su razonamiento parte de la premisa de que en época artúrica existieron tanto Arturo como el monasterio celta de Glastonbury. La gente importante de la región era inhumada en monasterios, en las proximidades del mausoleo de algún santo.



La tumba del rey se encontró cerca de dos monumentos dedicados a santos. A otros autores les parece que tal hipótesis es inadmisible y basada en pruebas insuficientes y dudosas. Muchos lugares de Inglaterra se han disputado el honor de haber sido la corte del rey Arturo: Caerleon, Cornualles y Winchester, entre otros. Pero desde el siglo pasado uno de los candidatos destacó sobre el resto: Cadbury Castle, en Somerset. ¿Es el castillo de Cadbury, cercano al pueblo de Camel, el Camelot del rey Arturo? Cadbury Castle es una colina coronada por los restos de uno de los numerosos fuertes prerromanos que existen en Inglaterra. En Cadbury existen ruinas de cuatro sucesivos perímetros defensivos. Parece que su posible identificación con Camelot data tan sólo de 1542. Una leyenda sostiene que en la noche de San Juan o en la de Navidad se percibe un rumor de caballos que descienden de la colina: son Arturo y sus caballeros que van a abrevar sus cabalgaduras en una fuente vecina. En 1956 se creó la Honorable Sociedad de Caballeros de la Tabla Redonda, cuyo objetivo primordial consistía en la excavación del castillo de Cadbury. Los arqueólogos han descubierto en Cadbury varios niveles de ocupación. Sobre un asentamiento neolítico se estableció una comunidad celta que perduró varios siglos, entre el año 600 antes de nuestra era y la ocupación romana. Sus habitantes conocieron un periodo de cierto esplendor que acabó bruscamente, quizá con la cruenta irrupción de los romanos. Pero estos hallazgos no importaban mucho a los entusiastas excavadores del Camelot Research Committee. Lo que ellos estaban buscando, y tenían necesidad de encontrar, eran pruebas de ocupación en tiempos artúricos. De otro modo iban a defraudar a una muchedumbre de exaltados y románticos adoradores del rey Arturo, parte de los cuales financiaban con sus donativos las excavaciones. La conclusión fue que, entre el 400 y el 1000 de nuestra, el lugar había sido fortificado primero por los celtas y luego por los invasores anglosajones que conquistaron la región en el siglo VII. Una impresionante muralla construida hacia el 500 había estado formada por una estructura de madera, piedra y relleno interior de escombro, idéntica a las que usaban los celtas en época prerromana. Pero la fortificación hallada en Cadbury tenía que ser post romana, es decir, artúrica, por una razón: en estratos inferiores y en el mismo relleno de la muralla se encontraban restos romanos. Para el Camelot Research Committee la cosa estaba clara: Cadbury fue la residencia fortificada de un gran caudillo. Era lógico suponer que ese gran caudillo fuese el previsible Arturo.

A fines del siglo XII se divulgó la leyenda de la existencia de la reliquia más preciosa: el sagrado cáliz con el que Cristo instituyó la misa en el transcurso de la Última Cena. En este mismo cáliz, uno de sus discípulos, José de Arimatea, había recogido su sangre de Cristo en el Gólgota. La relación entre el Grial, el Cáliz y José de Arimatea procede de la obra de Robert de Boron, Joseph d’Arimathie, publicada en el siglo XII. Según este relato, Jesús, ya resucitado, se aparece a José para entregarle el Grial y ordenarle que lo lleve a la isla de Britania. Siguiendo esta tradición, autores posteriores cuentan que el mismo José usó el cáliz para recoger la sangre y el agua emanadas de la herida abierta por la lanza del centurión en el costado de Cristo y que, más tarde, en Britania, estableció una dinastía de guardianes para mantenerlo a salvo y escondido. La búsqueda del Santo Grial es un importante elemento en las historias relacionadas con el Rey Arturo (el Ciclo Artúrico o Materia de Bretaña) donde se combinan la tradición cristiana con antiguos mitos celtas referidos a un caldero divino. La Materia de Bretaña, Mito artúrico o Leyenda arturiana, es el nombre colectivo que reciben una serie de leyendas sobre los celtas y la historia legendaria de las Islas Británicas, especialmente aquellas centradas en el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. El poeta francés del siglo XII Jean Bodel creó el nombre según las líneas de su poema épico Chanson de Saisnes: ‘Hay tres ciclos literarios de los que ningún hombre debería carecer: la materia de Francia, de Bretaña, y de la gran Roma’. El nombre diferencia la Materia de Bretaña de las otras materias: los temas mitológicos tomados de la antigüedad clásica forman la Materia de Roma; y las historias de los paladines de Carlomagno y sus guerras contra los moros y los sarracenos forman la Materia de Francia. Así, mientras que Arturo es el tema principal de la Materia de Bretaña, otras historias legendarias menos conocidas de las Islas Británicas, como las de Bruto de Troya, el Viejo Rey Cole, el Rey Lear y Gog magog son también incluidas en los temas tratados por la Materia de Bretaña.



Otras leyendas acerca del Grial se entrecruzan con las relativas a las distintas copas antiguas que se consideran el Santo Cáliz. Cuando él cuerpo de Cristo desapareció de su sepulcro, José de Arimatea fue acusado de robar el cadáver para fingir la profetizada resurrección. Estando el buen hombre en la cárcel, Cristo se le apareció y le entregó el milagroso cáliz. Poco tiempo después, San Felipe —prosigue la leyenda— envió a trece de sus discípulos a Inglaterra. Uno de estos misioneros era José de Arimatea, que llevaba consigo el cáliz de la Pasión, es decir, el Grial. José se estableció, junto con su familia, en Glastonbury, o Avalon, y allí fundó la primera iglesia consagrada a la Virgen. En esta iglesia quedó depositado el Grial para el servicio de la misa. Cuando José falleció, su cuñado Bron le sucedió en la jefatura de la comunidad. A este Bron le llamaban el Rico Pescador, porque con ayuda del Grial había repetido el milagro de Cristo de dar de comer a una muchedumbre con sólo unos pececillos. Según otras versiones, el Grial quedó depositado en un castillo situado en la cima del Montsalvat o Monte de la Salvación. Un buen día, el guardián del Grial o Rey Pescador recibió una herida en el muslo. La herida era, al parecer, incurable y además de los sufrimientos, del resignado Rey provocaba la esterilidad del reino pues la tierra no volvería a dar cosecha alguna hasta que la herida cicatrizara. La lanza que había herido al Rey Pescador era la misma que el soldado Longinos utilizó para abrir el costado de Cristo. De acuerdo a la leyenda, la lanza Sagrada, también conocida como lanza del Destino, lanza de Longino o lanza de Cristo, es el nombre que se dio a la lanza con la que un soldado romano, llamado Longino, según un texto bíblico apócrifo, atravesó el cuerpo de Jesús cuando estaba en la cruz. La lanza se menciona solo en el Evangelio de Juan y no aparece en ninguno de los evangelios sinópticos. En el evangelio se indica que los romanos planearon romper las piernas de Jesús, una práctica conocida como crurifragium, que era un método doloroso de acelerar la muerte durante la crucifixión de los condenados a este tipo de castigo. Momentos antes de que los soldados romanos así lo hicieran, vieron que él ya había muerto y por eso pensaron que no había ninguna razón para romperle las piernas. Para cerciorarse de que estaba muerto, un soldado le clavó su lanza en un costado.

Según Juan, “Pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua“. El fenómeno de la sangre y el agua era considerado como un milagro de acuerdo a Orígenes, aunque el agua se puede explicar biológicamente por la perforación del saco pericárdico. Sin embargo, para los católicos tiene un significado más profundo: Representa la Iglesia, específicamente los sacramentos del bautismo y la eucaristía, que fluyen del costado de Cristo, así como Eva surgió del costado de Adán. El nombre del soldado que atraviesa el costado de Cristo no es mencionado en la Biblia, pero en las referencias más antiguas que se tienen de la leyenda, tales como el evangelio apócrifo de Nicodemo, escrito alrededor del siglo IV, también llamado Hechos de Pilatos, el soldado es identificado como un centurión llamado «Longinos» («Longinus» en latín), en el que además se menciona a los ladrones crucificados junto a Jesús: Gestas y Dimas. Una forma del nombre Longinos también aparece en una miniatura en los Evangelios ilustrados por Rábula, en 586 d. C. Actualmente en la Biblioteca Laurenciana, en Florencia. En la ilustración, el nombre Longinos está escrito en griego sobre la cabeza del soldado que perfora el costado de Cristo. Ésta es una de las primeras referencias del nombre, si es que no es una inscripción hecha posteriormente. La tradición cristiana, refiriéndose a la novela “La lanza”, de Louis de Whol (1955), lo identifica como Cayo Casio Longinos (“Gaius Cassius Longinus“, en latín). En la Fe cristiana la lanza sagrada es la lanza usada en la crucifixión, que fue identificada más adelante como una reliquia. Muchas reliquias han sido identificadas como la lanza Sagrada, o partes de ella. La lanza era desconocida hasta que San Antonio de Piacenza, describiendo los lugares santos de Jerusalén, nos dice que él había visto en la Basílica del Monte de Sion «la corona de espinas con la cual coronaron a nuestro Señor y la lanza con la cual lo perforaron en el costado». Una mención de la lanza también se hace en el Breviario de la Iglesia del Santo Sepulcro. La presencia en Jerusalén de esta importante reliquia es atestiguada por Casiodoro (485–585) así como en Los viajes de Gregorio (538–594), quien nunca estuvo en Jerusalén. En 615 Jerusalén y sus reliquias fueron capturados por las fuerzas persas de rey Cosroes II.



Según el Chronicon Paschale, la punta de la lanza, que se había quebrado, fue dada en el mismo año a Nicetas, que la llevó a Constantinopla y la depositó en la iglesia de Santa Sofía. Esta punta de lanza, que fue fijada en un ícono, en 1244 fue vendido por Balduino II de Constantinopla a Luis IX de Francia y fue guardado con la corona de espinas en la Sainte Chapelle de París. Durante la revolución francesa estas reliquias fueron llevadas a la Bibliothèque Nationale y posteriormente desaparecieron. En cuanto a la porción más grande de la lanza, el peregrino Arculpus la vio en la iglesia del Santo Sepulcro alrededor de 670, en Jerusalén. Sin embargo, no hay otra mención de ella tras el saqueo de 615. Algunos dicen que la porción más grande de la reliquia se llevó a Constantinopla en algún momento durante el siglo VIII, posiblemente al mismo tiempo que la corona de espinas. En algún momento, su presencia en Constantinopla parece ser claramente atestiguada por varios peregrinos, particularmente de origen ruso. Y aunque posteriormente fue depositada en varias iglesias , parece ser posible rastrearla. Sir Juan Mandeville, personaje ficticio de una obra titulada “Viajes de Juan de Mandeville“ declara en 1357,que había visto la cuchilla de la lanza Sagrada en París y también en Constantinopla, y que la reliquia de esta última ciudad era mucho más grande que la de París. Cualquiera que haya sido la reliquia de Constantinopla, cayó en las manos de los turcos, y en 1492, bajo circunstancias minuciosamente descritas en la Historia de los Papas, escrita por Ludwig von Pastor, barón Freiherr von Campersfelden, el sultán Bayaceto envió la reliquia a Inocente VIII para forzar al Papa a que continuase guardando preso a su hermano Zizim. En este punto hubo en Roma grandes dudas de su autenticidad, según relata Johann Burchard, por la presencia de otras lanzas rivales en París, Núremberg (la lanza de Viena) y Armenia (la lanza de Etschmiadzin). A mediados de 1700, el Papa Benedicto XIV dijo que obtuvo un dibujo exacto de la punta de la lanza de París, y que comparándola con la reliquia en la basílica de San Pedro estaba satisfecho de que las dos formaran una sola cuchilla. La reliquia nunca ha salido de Roma, donde se encuentra preservada bajo el domo de la basílica de San Pedro, aunque la Iglesia Católica no ha hecho declaraciones sobre su autenticidad. La lanza que se encuentra en Etschmiadzin, Armenia, fue descubierta durante la Primera Cruzada.

En 1098, el cruzado Pedro Bartolomé dijo tener una visión en la que San Andrés le decía que La Lanza Sagrada estaba enterrada bajo la catedral de San Pedro, en Antioquía. Tras mucho excavar en la catedral, la lanza fue descubierta. Esto se consideró un milagro por parte de los cruzados, quienes fueron capaces de derrotar al ejército musulmán que repelía el asedio a la ciudad y capturaron decisivamente Antioquía. Tiempo después de expulsar al ejército musulmán hubo sospechas de que la lanza de Pedro no era la lanza de Cristo y para desmentir esto, Pedro Bartolomé caminó entre el fuego portando la lanza. Al entrar en el fuego Pedro Bartolomé murió. Los emperadores del Sacro Imperio Romano tenían su propia Lanza, atestiguada desde el tiempo de Otón I (912–973). En el año 1000, Otón III le dio a Boleslao I el Bravo una réplica de la Lanza en el Congreso de Gniezno. En 1084, Enrique IV le agregó una banda de plata con la inscripción «Clavus Domini» («El clavo del Señor»). Esto se basaba en la creencia de que esta era la lanza de Constantino el Grande, que encerraba como reliquia un clavo usado para la crucifixión. En 1273 se utilizó por primera vez en la ceremonia de coronación. Alrededor de 1350. Carlos IV mandó ponerle una banda de oro sobre la de plata con una inscripción que dice «Lancea et Clavus Domini» («La lanza y el clavo del Señor»). En 1424, el emperador Segismundo del Sacro Imperio Romano tenía una colección de reliquias, incluida La Lanza, que trajo de su capital, en Praga, a su ciudad natal de Núremberg, y decretó que ahí se guardara por siempre. A esta colección se le conoce como Reichskleinodien o la Regalía Imperial. Cuando el ejército revolucionario francés se aproximó a Núremberg en la primavera de 1796, los consejeros de la ciudad decidieron mover el Reichskleinodien a Viena, Austria, para mantenerlo seguro. La colección fue confiada al entonces barón Von Hügel, quien prometió devolver todos los objetos en cuanto la paz fuere restaurada y la seguridad de la colección estuviera asegurada. Sin embargo, el Sacro Imperio Romano fue disuelto en 1806 y von Hügel aprovechó la confusión sobre quién era el legítimo dueño y vendió la colección entera, incluyendo la lanza, a los Habsburgo. Cuando los consejeros de la ciudad descubrieron la venta, solicitaron que les fuera devuelto el Reichskleinodien, pero fueron rechazados. Como parte de la Regalía Imperial, la lanza fue almacenada en el Schatzkammer (Tesorería Imperial) en Viena y se le conoció como “la lanza de San Mauricio“.



Durante la Anschluss, cuando Austria se anexó a Alemania en 1938, Adolf Hitler tomó la lanza. Ferviente admirador de Enrique I el Pajarero, Hitler hizo una copia y guardó la original en la Catedral de Santa Catalina de Núremberg, la misma en la que había permanecido durante el I Reich, llegando a utilizar la reliquia en varios mítines entre 1938 y 1939. En 1940 se trasladó a una cámara acorazada para protegerla de la guerra, y más tarde se le construyó una cámara especial a 150 metros bajo tierra. El 20 de abril de 1945 el general Mark Wayne Clark, del Séptimo Ejército estadounidense, encontró la lanza y la llevó a Estados Unidos. El 7 de enero de 1946, el general George S. Patton la devolvía a Austria, donde fue alojada temporalmente en el Museo Kunsthistorisches y finalmente devuelta al Schatzkammer. En 2003 el metalúrgico inglés y escritor de Ingeniería Técnica, el Dr. Robert Feather, obtuvo permisos extraordinarios no solo para examinar la lanza en un laboratorio, sino también para quitar cuidadosamente las bandas de oro y plata que la mantienen unida. En la opinión del Dr. Feather y de otros expertos, la creación aproximada de la cuchilla de la Lanza es del siglo VII, un poco anterior a lo que el Schatzkammer estimaba. Se encuentra expuesta en el Schatzkammer, como una de las colecciones del Palacio Imperial de Hofburg, considerada como parte del Museo de Historia del Arte de Viena (Kunsthistorisches Museum). Otra lanza se ha preservado en Cracovia, Polonia, desde 1200. Aunque se alega que ha estado en esa ciudad por ocho siglos, los registros alemanes indican que es una copia de la lanza de Viena. El emperador Enrique II la mandó hacer con pequeñas astillas de la Lanza original. Otra copia le fue entregada al Rey de Hungría. Sin embargo otra historia, escrita por William de Malmesbury, cuenta que Hugo Capeto entregó la lanza Sagrada al rey Athelstan, de Inglaterra. El artista Jeffrey Vallance creó ilustraciones é hizo varios duplicados de la lanza y los distribuyó alrededor del mundo, proponiéndose confundir la identidad de la lanza verdadera para las generaciones futuras. Hay muchos prototipos de la lanza en otras leyendas, que puede ser comparada a la lanza Luin, irlandesa antigua, y es similar a la lanza en la mitología del Santo Grial, que fue considerada eventualmente ser la lanza del destino.

En1973, el escritor británico Trevor Ravenscroft escribió “La lanza del destino”. En esta obra declara que Adolfo Hitler comenzó la segunda Guerra Mundial para capturar la lanza. Se supone que el interés de Hitler en la reliquia, se debía probablemente a su interés en la ópera “Parsifal“, compuesta en 1882 por el compositor preferido de Hitler, Ricardo Wagner. En esta ópera se hace referencia a un grupo de caballeros y su protección del Santo Grial, así como la recuperación de la lanza. Aunque hay dudas por parte de los historiadores sobre esta obsesión de Hitler con la lanza, tal como fue divulgada por Trevor Ravenscroft y otros, un trabajo reciente del investigador Alec MacLellan parece validar algunas de las afirmaciones de Ravenscroft. Según Ravenscroft la lanza entró en territorio estadounidense el 30 de abril de 1945, bajo el control del Tercer Ejército, conducido por el general George S. Patton. Más adelante se cumple la leyenda de que la pérdida de la Lanza significaba la muerte, al suicidarse Hitler. Patton se fascinó por el arma antigua e hizo verificar su autenticidad, mas no pudo utilizar la lanza, pues tenía órdenes del general Dwight Eisenhower de que la regalía completa de los Habsburgo, incluyendo la lanza de Longinos, debía ser devuelta al palacio de Hofburg. Es interesante observar que George Patton, en su poema «A través de un cristal oscuro», curiosamente se postula como Longinos en el transcurso de alguna vida anterior. Ravenscroft procuró en varias ocasiones definir las “energías misteriosas” que la leyenda dice que provee la lanza. Encontró que la poseía algún espíritu hostil y malvado, a los que él refirió como el Anticristo. Smith y Piccard también encuentran semejanzas, al identificar lo que perciben como un espíritu malvado que llega a través de la lanza. En una mezcla de física cuántica y de cristianismo, se dice que la lanza trae al “Dios enojado del viejo testamento“, que se transfiere de alguna manera a la lanza, convirtiéndose en un Doppelgänger, algo parecido a un “gemelo malvado”.



En el templo o castillo del Grial se custodiaban, además del Santo Cáliz, la Lanza y una bandeja igualmente sagrada. Uno de los temas recurrentes en las historias de los caballeros de la Tabla Redonda es la búsqueda del Grial. El milagroso cáliz se había presentado ante la asamblea de los caballeros del rey Arturo cubierto por un velo, de modo que ningún caballero pudo contemplarlo directamente. Cuando la aparición se desvaneció, todos quedaron tan prendados de aquella experiencia que prometieron consagrarse a la búsqueda del precioso talismán. Esta resolución entristeció a Arturo, que preveía la disolución de la hermandad de la Tabla Redonda si todos sus componentes se dispersaban en busca del Grial. En distintos poemas se narran las aventuras de Lanzarote, Gawain, Bors, Perceval y Galahad en su búsqueda del Grial. El éxito final quedaba reservado, por la gracia divina, a sólo tres de ellos: a Galahad, porque preservó su pureza; a Perceval, porque mantuvo su inocencia; y a Bors, porque nunca dejó de ser humilde. En realidad Galahad viene a confundirse con la figura de Lanzarote y la sustituye a partir del siglo XIII. Los otros caballeros fracasaron a causa de sus pecados: Lanzarote, porque cometió adulterio con la reina; por lo tanto, sólo alcanzó a ver el Grial en sueños; sir Gawain porque siguió un camino equivocado, al no percatarse del aspecto místico de la empresa. El Grial, heredero de muchas tradiciones religiosas precristianas, sufrió una intensa reelaboración en manos de los poetas, principalmente de Chrétien de Troyes, a fines del siglo XII, y de Wolfram von Eschenbach y los autores de la Questedel Saint Grial, a principios del siglo XIII. Enriquecido en su significado esencial, acabó simbolizando la unión mística con Dios. A nivel filosófico, el Grial representa la armonización de la dualidad esencial, lo masculino frente a lo femenino, o anima y animus cristianizados, que se identifican con la Virgen madre, portadora del Grial, y el propio Jesucristo, rey del Grial. Otra interesante teoría establece una dicotomía entre la Iglesia pública, representada por Pedro y el papado, y la Iglesia secreta, representada por José de Arimatea y los que después de él llevaron el título de Rey Pescador. Esta Iglesia secreta representaría el legado espiritual de Jesucristo, la gnosis cristiana, y el Grial simbolizaría dentro de ella el conocimiento y la plena unión con la divinidad a la que los iniciados aspiran. Esta teoría es pródiga en ramificaciones y genera sus propios mitos.



Se ha especulado mucho sobre la existencia de una Iglesia secreta, y sobre el legado iniciático que Cristo confió al apóstol Juan, transmitido luego a los custodios del Santo Sepulcro y a los templarios. Finalmente, ya en nuestros días, se especula sobre la posible identificación de María Magdalena con la mujer que porta el Grial. María Magdalena habría sido la supuesta esposa terrenal de Cristo. Después de la muerte de Cristo, María Magdalena habría emigrado a Francia y habría transmitido la sangre de Cristo (sang real, es decir el Grial) a ciertas dinastías. La leyenda del Grial inspiró al poeta Chrétien de Troyes (hacia 1215) su obra Perceval, que divulgó el tema y contribuyó a fijarlo añadiéndole nuevos detalles de gran contenido simbólico, según la moda de la época. Perceval, un joven e inexperto galés que es la inocencia personificada porque se ha criado apartado de todo contacto con el mundo, es nombrado caballero por el rey Arturo y marcha en busca de aventuras. Cerca de un río encuentra a un hombre tullido que está pescando. Poco después llega a un valle maravilloso en cuyo centro se alza un castillo. El joven, recibido en la fortaleza con todos los honores, descubre con sorpresa que el señor del lugar no es otro que el Rey Pescador, aquel tullido al que había encontrado horas antes. Llegada la hora de la cena, un misterioso cortejo desfila por el salón. «Las antorchas daban luz a la sala con tal resplandor que no podría hallarse en todo el mundo una estancia iluminada de modo semejante. Mientras estaban charlando con placer, apareció un paje que salía del aposento contiguo. Sujetaba por la mitad del astil una lanza blanca y resplandeciente. (…) Una gota de sangre perlaba la punta del hierro de la lanza y se deslizaba hasta la mano del paje. (…) Aparecieron entonces otros dos pajes, robustos y bien parecidos, cada uno de los cuales portaba una lámpara de oro con incrustaciones: en cada lámpara brillaban no menos de diez cirios. Luego apareció un Grial que llevaba entre sus manos una bella y gentil doncella, ricamente ataviada. La seguían dos criados. Cuando hubo entrado portando el Grial, se extendió por la sala tan gran claridad que la luz de los cirios palideció como ocurre con la Luna y las estrellas cuando sale el Sol. Detrás de la doncella iba otra que portaba una bandeja de plata. El Grial que iba delante era del oro más puro, adornado con una variedad de ricas piedras preciosas como no se encontrarán otras en la tierra o en el mar: ninguna gema podía compararse con el Grial.»



El extraño cortejo desfila tres veces ante los asombrados ojos de Perceval, pero el muchacho reprimió su curiosidad recordando que su tutor le aconsejó abstenerse de formular preguntas indiscretas. Por lo tanto no se atreve a preguntar a quién sirve el Grial, fórmula que hubiese desvelado el misterio y restituido la salud del Rey Pescador y la prosperidad de su reino. El joven Perceval se acuesta con esta duda y cuando despierta, a la mañana siguiente, encuentra el castillo deshabitado. Después de esto, tanto Perceval como otros caballeros de la corte del rey Arturo emprenderán, según diversos autores, la búsqueda del Grial. La leyenda del Grial compendia un conjunto de mitos y creencias paganas heredadas de la antigüedad. El Grial o cáliz de Cristo adopta, en las versiones paganas más antiguas, muy diversas formas: bandeja, piedra, copa, caldero, mesa o piedra preciosa. Es posible que la primera representación griálica fuera el círculo que los primitivos adoraban como representación de la bóveda celeste interpretada como un cuenco invertido. Un sentido similar pueden tener los círculos pintados o esculpidos que aparecen en algunos monumentos prehistóricos, así como las esferas de piedra y las estelas redondeadas que suelen asociarse a las culturas megalíticas. Muchas de ellas han recibido adoración en tiempos cristianos, vestigio de remotos cultos matriarcales. El vaso o recipiente viene a ser, a nivel simbólico, asimilable a la matriz de la creación, a aquello que contiene y preserva. Como tal se transmite en multitud de ritos y mitos antiguos en forma de cuenco. Entre los celtas es un caldero en el que se renace o que inagotablemente dispensa alimentos a los guerreros, como el cuerno de la abundancia de otras mitologías, sueño muy acariciado por los famélicos pueblos célticos. Los griegos adoraban una piedra de Saturno en el sagrado monte Helicón; los musulmanes adoran otra en la Kaaba de la Meca; en los cultos de Dionisos se bebía de un vaso sagrado; algo parecido era el Kernos de los misterios de Eleusis. Según otros es una esmeralda de extraordinarias proporciones, procedente del cielo, quizá la que adornaba la frente de Lucifer antes de su caída. Lucifer significa «que lleva la luz».



Esta piedra podría ser el tercer ojo, que en la tradición oriental es el que concentra la sabiduría, el conocimiento iniciático y la perfección. Lo que se dice sobre el origen mismo del Grial es muy digno de atención. esta copa habría sido tallada por los ángeles en una esmeralda desprendida de la frente de Lucifer en el momento de su caída. Esta esmeralda recuerda de modo notable la urnâ, perla frontal que, en la iconografía hindú, ocupa a menudo el lugar del tercer ojo de Shiva, representando lo que puede llamarse el “sentido de la eternidad”. Esta relación nos parece más adecuada que cualquier otra para esclarecer perfectamente el simbolismo del Grial. Se dice que el Grial fue confiado a Adán en el Paraíso terrestre, pero que, a raíz de su caída, Adán lo perdió a su vez, pues no pudo llevarlo consigo cuando fue expulsado del Edén. El hombre, apartado de su centro original por su propia culpa, se encontraba en adelante encerrado en la esfera temporal; no podía ya recobrar el punto único desde el cual todas las cosas se contemplan bajo el aspecto de la eternidad. El Paraíso terrestre, en efecto, era verdaderamente el “Centro del Mundo”. Lo que sigue es más enigmático: Set logró entrar en el Paraíso terrestre y pudo así recuperar el precioso vaso. Set fue el tercer hijo de Adán y Eva, los primeros seres humanos según el judaísmo y el cristianismo. Según el relato del Génesis, Adán tenía 130 años cuando tuvo a Set: «Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set» (Génesis). Los hermanos previos de Set fueron Caín y Abel. Entre ellos dos surge una enemistad con ocasión del favoritismo de Dios por una ofrenda presentada por Abel, pues hasta entonces no parecen haber sido dadas ningún tipo de instrucciones de adoración, y Caín presentó ofrendas de la tierra, según el Génesis. El asunto se resuelve con el asesinato de Abel por parte de Caín, y el posterior destierro de Caín de la tierra y enviado a Nod, al Oriente.



El nacimiento de Set se nombra en Génesis «Y conoció de nuevo Adán a Eva, su mujer, la cual dio a luz un hijo y llamó su nombre Set, porque Dios (dijo ella) me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín». Luego, Set tiene a su propio primogénito, al que llama Enós, y desde ese momento «se comenzó a invocar el nombre del Señor» (Génesis). El relato bíblico atribuye a que Set vivió 912 años y murió. Ahora bien, el nombre de Set expresa ideas de fundamento y estabilidad, y anuncia de algún modo la restauración del orden primordial destruido por la caída del hombre. Había, pues, desde entonces, por lo menos una restauración parcial, en el sentido de que Set y los que después de él poseyeron el Grial podían establecer, en algún lugar de la tierra, un centro espiritual que era como una imagen del Paraíso perdido. La leyenda, por otra parte, no dice dónde ni por quién fue conservado el Grial hasta la época de Cristo, ni cómo se aseguró su transmisión. Pero el origen céltico que se le reconoce debe implicar que los druidas tuvieron una parte de ello y deben contarse entre los conservadores regulares de la tradición primordial. En todo caso, la existencia de tal centro espiritual, o inclusive de varios, simultánea o sucesivamente, no parece poder ponerse en duda. Ello muestra que el Grial, o lo que está así representado, tenía ya, con anterioridad al cristianismo, y aun de todo tiempo, un vínculo de los más estrechos con la manifestación, virtual o real según las edades, pero siempre presente, del Verbo eterno en el seno de la humanidad terrestre. En cualquier caso, el Grial significa la unión con lo divino, el conocimiento, la ascensión a una esfera superior de conocimiento en que se comprende directamente a Dios y su creación y el hombre alcanza su máxima perfección y plenitud espiritual. Se ha especulado mucho sobre el sentido de los mitos griálicos cristianos. Para algunos son el reflejo tardío de un antiguo ritual pagano de culto a la fecundidad. El Rey Pescador sería una especie de Adonis cuya herida acarrea la esterilidad de la tierra. El Grial, y la lanza que lo precede, serían símbolos sexuales igualmente relacionados con el culto a la fecundidad. La pregunta que el caballero no se atreve a pronunciar sería la fórmula mágica requerida por esa iniciación. Es una explicación ingeniosa aunque difícil de aceptar en todos sus extremos.

Lo más probable es que no exista una intención clara y consciente detrás de las leyendas del Grial. Se formaron a partir de un brumoso entramado de tradiciones y mitos irlandeses y galeses y recibieron indudables influencias orientales cuyos caminos son difíciles de precisar. Los mitos del Grial no parecen haber muerto en nuestros días. Antes bien, gozan de excelente salud y cada vez son más las obras que pretenden divulgarlos y explicarlos. Ciertos autores sostienen que la exaltación del sagrado cáliz en algunas óperas de Wagner y la admiración por la obra de este músico profesada por parte de jerarcas nazis produjo en la Alemania hitleriana el rebrote de una remozada mitología del Grial, considerado como el libro sagrado depositario de la tradición aria. La leyenda del Grial cristiano se divulgó en el siglo XIII por todo Occidente. Inmediatamente surgieron iglesias y santuarios que pretendían poseer la preciada reliquia. Pero la singularidad del cáliz de la Santa Cena planteaba problemas de autenticidad. Que varios santuarios se disputaran la posesión del único cáliz de la Santa Cena ponía en entredicho la legitimidad de todos ellos El más famoso Grial en España es el de la catedral de Valencia. Al parecer fue el papa Sixto II, en el siglo III, el que confió este cáliz de la Santa Cena a su diácono Lorenzo, que a su vez lo envió a su Huesca natal. Cuando los musulmanes invadieron España, el obispo Auduberto ocultó la preciada reliquia en el monasterio de San Juan de la Peña. Está probado que en 1134 los monjes poseían, en efecto, un cáliz de piedra. Este cáliz pasó en 1399 a Martín el Humano, que lo depositó en la Aljafería de Zaragoza y durante el reinado de Alfonso el Magnánimo fue a parar a la catedral de Valencia. El Grial italiano se conserva en la catedral de Génova, el sacro catino, traído de Tierra Santa por los cruzados. El Grial británico, a falta de títulos históricos, los tiene arqueológicos. Es una bandeja de cristal de piedra hallada en Glastonbury. Según los poemas griálicos, la montaña donde estaba enclavado el santuario que atesoraba la prodigiosa copa se llamaba Montsalvat. Se ha especulado mucho sobre la localización de este topónimo, particularmente después de su divulgación por la ópera de Wagner, Lohengrin.



Últimamente goza de cierta fortuna su identificación con el santuario de Montserrat, pero otros hablan de San Juan de la Peña, del Mont-Saint-Michel, en Francia, e incluso de Montségur, el último bastión de los cátaros. Lo cierto es que la montaña maravillosa que albergaba el Grial era de acceso difícil y lleno de obstáculos. La crítica moderna cree descubrir el origen de este castillo del Grial en un monumento que construyó el rey persa Cosroes hacia el año 600. Había en la tradición iraní una montaña sagrada en la que se decía que había nacido Zaratustra, el profeta del mazdeísmo. Cosroes edificó en esta montaña un espléndido castillo-santuario de planta circular al que llamó Trono de los Arcos (Takt-i—Taq-dis). En este santuario se veneraba el Fuego Sagrado de la religión irania y se celebraban diversas ceremonias que tenían por objeto estimular la fecundidad de la tierra al principio de la primavera. Cuando Cosroes conquistó Jerusalén, en 614, se apoderó de diversos objetos sagrados, entre ellos la pretendida Cruz de Cristo. Antiguamente se pensaba que los objetos sagrados emanan una energía mágica que se transmite a su poseedor y al lugar donde se depositan. Fiel a esta creencia, Cosroes agregó los santos objetos conquistados a las reliquias atesoradas en el Trono de los Arcos. Pero en 629 el emperador de Bizancio, Heraclio, invadió Persia, destruyó el Trono dé los Arcos y llevó la Santa Cruz a Constantinopla. Cabe dentro de lo posible que la minuciosa descripción que el poeta Albrecht hace, a principios del siglo XIII, del castillo del Grial, en todo coincidente con el testimonio arqueológico que aportan las ruinas del Trono de los Arcos, proceda de alguna crónica bizantina, hoy perdida, que describiera aquel santuario. En cualquier caso, la descripción cristiana del siglo XIII de un monumento pagano situado en los confines del mundo y destruido en el VII es la que ha venido a inspirar el santuario del Grial. El castillo del Grial resulta ser, pues, el histórico santuario de la religión mazdeísta, remota inspiradora de las herejías dualistas medievales. Y, sorprendentemente, el tema del cáliz sagrado tiene una vertiente cátara que ha suscitado prolijas lucubraciones entre los especialistas. Los cruzados que extirparon la herejía cátara del Languedoc, y con ella toda una forma de cultura meridional diametralmente opuesta al régimen feudal, estaban persuadidos de la existencia de un tesoro cátaro al que pertenecería el Santo Grial. Según la leyenda, el Grial era custodiado en la fortaleza de Montségur. Cuatro días antes de su caída fue evacuado por un grupo de fíeles cátaros. De este Grial no volvió a saberse.

Hacia 1150, unos extraños misioneros aparecieron por los caminos del Languedoc, en el Sur de Francia. Solían viajar en parejas, vestían de negro o de azul marino, con ceñidor de cuerda. Predicaban a los humildes en plazas y mercados, en aldeas y ciudades, pero no evitaban las mansiones de algunos nobles o de ricos mercaderes cuando éstos les ofrecían la ocasión de adoctrinar a sus familias y criados. Sus enseñanzas resultaban sorprendentes. Difundían un mensaje de amor, de tolerancia y de libertad y se confesaban cristianos pero, por otra parte, rechazaban a la Iglesia de Roma. Aseguraban que Cristo no se encarnó realmente cuando habitó entre los hombres, puesto que, siendo la materia creación satánica, el Hijo de Dios nunca pudo encarnarse. Aquel Cristo que vieron los apóstoles, y también los romanos que lo crucificaron, no era sino una engañosa apariencia angelical. En realidad, Cristo nunca fue crucificado ni sepultado. El catarismo es la doctrina de los cátaros (o albigenses), un movimiento religioso de carácter gnóstico que se propagó por Europa Occidental a mediados del siglo X, logrando arraigar hacia el siglo XII entre los habitantes del Mediodía francés, especialmente en el Languedoc, donde contaba con la protección de algunos señores feudales vasallos de la corona de Aragón. Con influencias del maniqueísmo en sus etapas pauliciana y bogomila, el catarismo afirmaba una dualidad creadora (Dios y Satanás) y predicaba la salvación mediante el ascetismo y el estricto rechazo del mundo material, percibido por los cátaros como obra demoníaca. En respuesta, la Iglesia Católica consideró sus doctrinas heréticas. Tras una tentativa misionera, y frente a su creciente influencia y extensión, la Iglesia terminó por invocar el apoyo de la corona de Francia, para lograr su erradicación violenta a partir de 1209 mediante la Cruzada albigense. A finales del siglo XIII el movimiento, debilitado, entró en la clandestinidad y se extinguió poco a poco. Auguste Molinier, historiador francés, en su obra Histoire de Languedoc nos dice lo siguiente: “Todo, antes de la guerra contra los Albigenses, separaba el Norte del Midi. Las razas que habitaban los valles de la Garona y del Roine, aquellas que vivían al norte del Loira, no eran las mismas, y el Languedoc, más que ninguna otra parte de la Galia, había recibido, después de la conquista romana, la impronta del genio latino. Con el tiempo, estas diferencias no hicieron más que acentuarse. Mientras que la nobleza feudal norteña tenía interés a conservar su poder y sus privilegios, al Midi, al contrario, las clases se aproximaban. Los caballeros acontecían burgueses de las grandes repúblicas lenguadocianas; el comercio, más extendido y más activo, enriquecía la clase mediana de la sociedad; la condición del siervo mejoraba. La lengua era más cultivada; el derecho, surgido del derecho romano, más perfecto y más filosófico. Añadamos la tolerancia religiosa, que había ganado las clases altas; estas no habían dejado de creer, pero contemplaban sin indignación su familia, sus amigos, practicar otra religión“.



El nombre «cátaro» viene probablemente del griego καθαρός (kazarós): ‘puro’. Otro origen sugerido es el término latino cattus: ‘gato’, el alemán ketter o el francés catiers, asociado habitualmente por la Iglesia a “adoradores del diablo en forma de gato” o brujas y herejes. Una de las primeras referencias existentes es una cita de Eckbert von Schönau, el cual escribió acerca de los herejes de Colonia en 1181. Los cátaros fueron denominados también albigenses. Este nombre se origina a finales del siglo XII, y es usado por el cronista Geoffroy du Breuil, en 1181. Se ha creído que este nombre se refiere a la ciudad occitana de Albi (la antigua Álbiga), pero esta denominación no parece muy exacta, puesto que el centro de la cultura cátara estaba en Tolosa (Toulouse) y en los distritos vecinos. Tal vez, por considerarse puros, se autodenominaban albinos, que tendría su origen en la raíz “alb“, que significa blanco, raíz de la que derivan nombres como Albania. También recibieron el nombre de «poblicantes», siendo este último término una degeneración del nombre de los paulicianos, con quienes se les confundía. Además era llamada “la secta de los tejedores” por el hecho de ser los tejedores y vendedores de tejidos sus principales difusores en Europa occidental. Es conveniente establecer el marco geográfico donde se desarrollaron los acontecimientos, en este caso surgidos por la predicación cátara primero, y después por la represión. Siempre se ha hablado que el fenómeno cátaro y la Cruzada se manifestaron dentro del territorio del Languedoc. Pero la primera sorpresa es darnos cuenta que bajo el nombre de Languedoc, como territorio establecido y legalizado, aparece una provincia francesa que duró desde el siglo XIV hasta la Revolución Francesa. En realidad fue una subdivisión administrativa que, según Jacques Madaule, «constaba de piezas y trozos de diferentes regiones, sin ninguna unidad real de conjunto». Jesús Mestre i Godes (1925) es un autor catalán que escribió la obra Los cátaros (1994), ensayo que tuvo una excelente acogida por parte de la crítica y de los lectores. Otros títulos, como Los Templarios (1996), Los primeros cristianos (1997) o El fin de la Cristiandad (2001) han formado parte de su intenso estudio de las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil. Se considera un escritor de historia y su estilo ha conseguido ponerle al alcance del gran público.

El catarismo llegó a Europa occidental desde Europa oriental a través de las rutas comerciales, de la mano de herejías maniqueas desalojadas por Bizancio. Estas herejías se asentaron en Occidente y se propagaron por distintos países. Por ello, los albigenses recibían también el nombre de búlgaros (Bougres) y mantenían vínculos con los bogomilos de Tracia, con cuyas creencias tenían muchos puntos en común y aún más con la de sus predecesores, los paulicianos. Sin embargo, es difícil formarse una idea exacta de sus doctrinas, ya que existen pocos textos cátaros. Los pocos que aún existen (Rituel cathare de Lyon y Nouveau Testament en provençal) contienen escasa información acerca de sus creencias y prácticas. Los primeros cátaros propiamente dichos aparecieron en Lemosín entre 1012 y 1020. Algunos fueron descubiertos y ejecutados en la ciudad languedociana de Toulouse en 1022. La creciente comunidad fue condenada en los sínodos de Charroux (Vienne) (1028) y Tolosa (1056). Se enviaron predicadores para combatir la propaganda cátara a principios del siglo XII. Sin embargo, los cátaros ganaron influencia en Occitania debido a la protección dispensada por Guillermo, duque de Aquitania, y por una proporción significativa de la nobleza occitana. El pueblo estaba impresionado por los Perfectos y por la predicación anti-sacerdotal de Pedro de Bruys y Enrique de Lausanne, en Périgord. Antes, el nombre de Languedoc nunca había dado el nombre a ningún país, ni reino, ni condado. El Languedoc de antes del siglo XIV nunca había sido un territorio político. Su nombre corresponde a una lengua, a la lengua de Oc. Jordi Ventura i Subirats, (1990), en su obra “La revolució francesa i les llengües no oficials de l’Estat francès” nos lo aclara: «si bien ningún término geográfico designaba todavía el conjunto de aquellos condados y vizcondados, fue su unidad lingüística la que pronto haría mencionar en los documentos oficiales de la época con el nombre de Occitania, país de la lengua de Oc».



Aquellos misioneros llevaban la paz espiritual a muchos mercaderes, asegurándoles que prestar dinero a interés no era pecado mortal, aunque el clero católico asegurara lo contrario. Enseñaban también que el mundo material, corrupto y perecedero, no puede proceder de un Dios eterno e incorruptible. En consecuencia, no habrá resurrección de la carne al final de los tiempos, aunque sí juicio final. Estas propuestas despertaban muchos interrogantes, como el origen del error, la enfermedad, la miseria y la maldad que agobian a la humanidad. Los misioneros señalaban un único origen: todas estas lacras sólo pueden ser imputadas a un Dios perverso. Todo lo que tiene existencia material procede de este Dios y, por lo tanto, es sede del pecado. Según esto, el mundo es una pugna de dos principios: el bien y el mal. El problema estriba en saber si estos dos principios son iguales o si uno es más poderoso que el otro. Los misioneros de la nueva religión predicaban también con el ejemplo, en vivo contraste con el disoluto y corrupto clero católico. Los predicadores eran austeros y laboriosos y observaban una conducta cristiana intachable, lo que les valió el apelativo de «buenos hombres». Eran castos y honrados y se abstenían de comer los productos de la carne, incluidos la leche y los huevos. Los seguidores de esta religión dualista recibieron diversas denominaciones: albigenses, por la ciudad de Albi; «tejedores», porque muchos de ellos ejercían este oficio (quizá por imitar a san Pablo, que fue fabricante de tiendas de campaña) y cátaros. No está muy clara la etimología de esta última palabra. Podría proceder del griego con el significado de «puro», pero también del latín catus que significa «gato», pues sus adversarios católicos divulgaron la especie de que adoraban al Dios del mal en la figura de un gato cuyo trasero besaban en el transcurso de sus sacrílegas ceremonias. Ellos se hacían llamar cristianos y denominaban a su iglesia «la de los Amigos de Dios». Cualquier predicador en desacuerdo con las doctrinas oficiales de la Iglesia romana encontraba un terreno abonado en el Sur de Francia. Un sentimiento anticlerical había penetrado todas las capas sociales. Muchos sacerdotes llevaban una vida poco edificante y descuidaban sus obligaciones pastorales. Por otra parte, abrumaban al pueblo con sus continuas exigencias de diezmos e impuestos eclesiásticos. Los cátaros, por el contrario, daban vivo testimonio de modestia y caridad cristianas y además expresaban claramente su postura contraria a los diezmos: «No fue Cristo quien los estableció». La doctrina cátara resultaba, además, mucho más atractiva que la católica. La Iglesia romana amenazaba continuamente con las penas del infierno como castigo por las más insignificantes faltas. La cátara, por el contrario, se mostraba optimista y sorprendentemente tolerante con las debilidades humanas.



Algunos grupos cátaros incluso llegaron a pensar que Dios no condena a los pecadores puesto que, en último término, la justicia no es más que una venganza y Dios, infinitamente bueno, no puede albergar un sentimiento tan negativo. Por otra parte, Dios, en su trascendencia, no puede incurrir en la mezquindad de tasar los pecados de sus criaturas. Él sabe que el hombre no peca voluntariamente sino inducido por el Diablo que habita en la materia. Los cátaros rechazaban, por consiguiente, la existencia de un infierno donde las almas pecadoras sufren eterno castigo, entre llamas y suplicios, al modo en que lo imaginaban los predicadores católicos. Para ellos, el infierno está en la tierra, donde el Diablo tienta y esclaviza a los hombres hasta que éstos, pasadas sucesivas reencarnaciones, se purifican del mal. En su última reencarnación, el creyente alcanza el estado de perfección necesario para acercarse al Dios bueno, liberándose para siempre de las trabas de la materia y del mal. Algunos sostenían que la mujer se hacía hombre para la última reencarnación, pero otros creían que era indiferente que el perfecto fuese hombre o mujer, puesto que el alma no tiene sexo. En cualquier caso, el final es feliz. Todas las almas se salvan y el dios del Mal es derrotado por el dios del Bien. Los cátaros nunca simpatizaron con el Antiguo Testamento ni con la poética explicación del principio del mundo que ofrece el Génesis. Para ellos, al comienzo de los tiempos existieron dos divinidades: un Dios bueno, creador del universo y del amor, y un Dios malo, responsable del mal. Estas dos creaciones contradictorias coexisten en el hombre. Por lo tanto, el hombre, a través de sus sucesivas reencarnaciones, debe irse liberando de la parte mala para favorecer el predominio de la buena. El cuerpo doctrinal de los cátaros distaba de ser uniforme. Entre ellos coexistían diversas tendencias, si bien aceptaban una mitología común para explicar el drama cósmico de la lucha entre el Bien y el Mal. Satán penetró en el cielo y sedujo a los ángeles dotándolos de apariencia material. De estos ángeles, unos fueron capturados y otros seducidos. Los que fueron seducidos se transformaron en demonios. El hombre desciende de los que fueron capturados. Cuando una nueva criatura es engendrada, el Diablo introduce en ella una de estas almas prisioneras.Entre los cátaros existían los simples creyentes y los perfectos, equiparables al pueblo y a los sacerdotes de la jerarquía cristiana. Un creyente se convertía en perfecto mediante una ceremonia de consagración llamada consolamentum, que constituía el único sacramento de la Iglesia, cátara.



El catarismo se mostraba extraordinariamente indulgente con los pecados del creyente. Según ello, puesto que estamos hechos de deleznable materia, no podemos evitar ser presa de las tentaciones que el Maligno inspira en su obra. El simple creyente debía hacer lo posible por llevar una vida reglada y por favorecer al prójimo, no estaba obligado a más. Pero si quería convertirse en perfecto debía alcanzar el estado de gracia cercano a la perfección. Ello implicaba observar una moral mucho más estricta, abstenerse de los placeres de la carne y vivir ascéticamente. No es que los pecados fueran distintos para creyentes y perfectos, es que el pecado, gravísimo en el perfecto, se toleraba en el simple creyente, todavía esclavo de sus pasiones. A este propósito citaban las palabras de Jesucristo: «Antes de mi venida os eran perdonados vuestros pecados: después, nada os será perdonado». Por lo tanto el simple creyente contaba con la indulgencia de Dios. Pero si se decidía a abrazar el estado puro tenía que someterse a la rigurosa moral de los perfectos. El catarismo no era, en puridad, una doctrina original. Por otra parte, en los tres siglos largos de su implantación y desarrollo, conoció diversas tendencias. Buena parte de la información sobre los cátaros procede de fuentes sospechosas, tales como la Inquisición y la jerarquía católica, pero aun así resulta posible reconstruir su corpus doctrinal a través de varios documentos, principalmente del Tratado cátaro, anónimo del siglo XIII, y del Libro de los dos principios, atribuido al filósofo aristotélico Juan de Lugio. En realidad, el catarismo venía a ser una versión medieval del antiguo maniqueísmo persa, derivado a su vez del zoroastrismo. Manes, en el siglo III, había predicado la metempsicosis, es decir, la transmigración de las almas de cuerpo en cuerpo, ligándose cada vez menos a la materia, hasta alcanzar la perfección. El maniqueísmo se extendió por todo el orbe mediterráneo. Fue perseguido igualmente por la Roma imperial, por la papal y por árabes y mongoles. A causa de sus vinculaciones con las sectas gnósticas judías y cristianas, su contenido inicial se enriqueció con aportaciones esotéricas y derivó hacia una religión iniciáticá. En el siglo XI se extendió entre los búlgaros y dálmatas bajo el nombre de bogomilismo. Los cátaros, que aparecen en el Sur de Francia y en Italia, a partir del siglo XII, mantenían contactos misionales con los bogomilos. También es cierto que, en sus orígenes remotos, la doctrina pudo beber de otras fuentes.



Mani o Manes, en latín Manichaeus (215-276 d.C.) fue un líder religioso iraní, fundador del maniqueísmo, una antigua religión gnóstica que llegó a alcanzar una gran difusión, aunque se encuentra extinta en la actualidad. Si bien sus escritos se han perdido, sus enseñanzas se han conservado parcialmente en manuscritos coptos, procedentes de Egipto, y en textos más tardíos del maniqueísmo que se desarrolló posteriormente en China, principalmente en la región de Turfán (cuenca del Tarim), y en el Turquestán. Manes (nombre cuyo significado es joya) pertenecía por su origen a la nobleza parta. Su padre, Pattig, procedía de Hamadán, y su madre pertenecía a la familia de los Kamsaragan, emparentada con la dinastía reinante en el Imperio Parto, los Arsácidas. Manes pasó su infancia y juventud en el seno de una comunidad judía ascética conocida como los elcasitas. Según los relatos biográficos de al-Biruni, conservados en una enciclopedia del siglo X, el Fihrist, de Ibn al-Nadim, recibió una revelación de un espíritu al que llamaba Syzygos o “Gemelo“. Cuando tenía alrededor de 25 años, comenzó a predicar su nueva doctrina, basada en la idea de que podía alcanzarse la salvación mediante la educación, la negación de uno mismo, el vegetarianismo, el ayuno y la castidad. Más adelante, anunció que era el Paráclito prometido en el Nuevo Testamento, el Último Profeta y el Sello de los Profetas, último de una serie de hombres enviados por Dios que incluía a Set, Noé, Abraham, Shem, Nikotheos, Henoc, Zoroastro, Hermes, Platón, Buda y Jesús. Durante su vida, los primeros misioneros de Manes difundieron la nueva fe por Persia, Palestina, Siria y Egipto. En vida de Manes, el mismo emperador del Imperio sasánida, Sapor I, fue su amigo y protector, y favoreció la divulgación de su mensaje por el Imperio. Asimismo el hijo de Sapor, Ormuz I, rey de Armenia, era amigo y discípulo de Manes, por lo que a la sucesión del trono de Sapor por éste, el camino para las enseñanzas de Manes parecía estar en condiciones óptimas, debido a la cercanía entre emperador y profeta. Pero Ormuz murió al cabo de un año y le sucedió su hermano Bahram I, enemigo acérrimo de Mani, al que condenó a muerte con el apoyo de la casta de los magos del zoroastrismo.

Manes tuvo más seguidores entre la nobleza, como la reina de Palmira, Zenobia, que abrazó la fe de Manes y acometió la empresa de difundirla hacia Egipto y más allá. Según parece, murió en prisión por orden del emperador sasánida Bahram I. Las fuentes discrepan en cuanto a la forma de su ejecución. El escritor libanés Amin Maalouf escribió una novela histórica acerca de la vida de Manes, titulada Les jardins de lumière/ «Los Jardines de Luz», (1991). Desde el mundo antiguo se observa la pervivencia ininterrumpida de una serie de grupos próximos al maniqueísmo, principalmente los fundaítas, los bugres, los babunis y los kudugeros. La existencia de estas sectas discurrió paralelamente a la de la Iglesia cristiana oficial, aunque a veces, en sus primeros tiempos, la influyeron o se dejaron influir por ella. Esto explica que en ciertos textos cristianos se puedan hallar doctrinas de fondo dualista, tales como en el evangelio de San Juan, en ciertos pasajes del Antiguo Testamento y en escritos de San Pablo. También existieron discípulos de Manes, entre ellos los cátaros de Gragoivitsa, persuadidos de que su Iglesia había sido fundada por el propio Manes. En 1167 el obispo bogomilo Nicetas, papa cátaro de Constantinopla, convocó un concilio en San Félix de Caramán, cerca de Tolosa. El objeto del cónclave fue organizar la Iglesia cátara occidental dotándola de cuerpo doctrinal uniforme y jerarquía similar a la católica. Esta iglesia se dividía en once obispados: cinco en Francia y seis en Italia. Durante las jornadas del concilio, Nicetas confirió el consolamentum a una serie de creyentes, entre ellos Sicard Cellerier, recién consagrado obispo de Albi. El sacramento cátaro por excelencia fue el consolamentum, mezcla de bautismo espiritual y unción sacerdotal, reservada al creyente que había alcanzado el estado de gracia necesario para convertirse en perfecto. El consolamentum implicaba la transmisión del padrenuestro, oración que el nuevo perfecto debía conocer con anterioridad. La ceremonia era sencilla y emotiva. El aspirante comparecía en la iglesia vestido de negro y en estado de abstinencia para recibir la bendición del perfecto más anciano de la asamblea. Luego el diácono u obispo pronunciaba un sermón en el que glosaba el padrenuestro: «Os entregamos esta oración —decía finalmente— para que la recibáis de Dios y de Nos y de la Iglesia y podáis decirla en todos los momentos de vuestra vida». A lo que el ordenado contestaba: «La recibo de Dios y de Vos y de la Iglesia». Nuevamente recibía la bendición y se le imponían las manos para transmitirle el Espíritu Santo. Ordenado, recitaba el padrenuestro. A continuación se confesaba y recibía solemnemente el evangelio de Juan, mientras la comunidad eclesial oraba por él. Cada mes los perfectos se confesaban ante su obispo o diácono. Por lo demás, actuaban aproximadamente como los sacerdotes católicos, aunque observaban vida edificante, lejos de la corrupción del clero romano de aquella época.





En tiempos de guerra se instituyó la convenenza o pacto entre el creyente y la Iglesia, en virtud del cual podría recibir el consolamentum en el lecho de muerte aunque no estuviese en condiciones de recitar el padrenuestro a causa de las heridas recibidas. Se solía ofrecer el consolamentum a los moribundos para asegurarles el perdón de los pecados, aunque no necesariamente la salvación. Pero si el moribundo lograba sobrevivir y sanaba, la ceremonia perdía todo su valor y el perfecto en cuestión volvía a considerarse un creyente como los demás. En este y en otros detalles se manifiesta el admirable pragmatismo de los cátaros. El otro gran rito cátaro era el melioramentum. Consistía en la bendición que el creyente solicitaba del perfecto como portador del Espíritu Santo. El creyente se arrodillaba ante el perfecto y se inclinaba tres veces diciendo: «Bendecidnos, Señor, y rogad por nos». «Dios te bendiga», pronunciaba el perfecto. A lo que el postrado respondía: «Que alcance un buen fin». El otro replicaba: «Recemos para que te haga un buen cristiano y te conduzca a buen fin». El padrenuestro era una oración esencial dotada de gran contenido iniciático y, por lo tanto, estaba reservada a los perfectos. Los simples fieles tendrían otras jaculatorias más sencillas. En una ocasión uno de ellos inquirió: “¿Qué oración puedo decir si no me está permitido el padrenuestro?“. El perfecto le respondió: “Di ésta: Que el Señor que condujo a los reyes Melchor, Gaspar y Baltasar, cuando vinieron a adorarlo en Oriente, te guíe como los guió a ellos“. El Papa comenzó a preocuparse por la rápida extensión de la herejía y decidió suprimirla. Primero envió predicadores a las regiones donde la herejía parecía más activa. Teólogos católicos y cátaros se enzarzaron en interminables disputas doctrinales. Los católicos aducían la teoría agustiniana del Mal como amissio boni o privación del Bien, es decir, el Mal no tiene existencia en sí mismo, es la ausencia de Bien. Denunciaban también ciertos puntos débiles en la doctrina cátara. Si el mundo es intrínsecamente malo, es evidente que debemos cambiarlo, pero ¿cómo podemos cambiarlo si el diablo es todopoderoso? Por otra parte, si el infierno está en la tierra, ¿cómo explicar la bondad que también habita en ella? Participaron en la controversia primero san Bernardo, en 1145, y después Santo Domingo de Guzmán. Un célebre cuadro de Fra Angélico retrata a Santo Domingo, en Fanjeaux, donde pretendidamente sometió a juicio de Dios a las doctrinas en pugna. Para ello arrojó al fuego dos libros, uno católico y otro cátaro.



El católico se elevó milagrosamente en el aire a salvo de las llamas mientras que el cátaro ardía y se convertía en cenizas. Como propaganda religiosa resulta eficiente, pero la verdad histórica es que las predicaciones de Santo Domingo fracasaron estrepitosamente. «Donde no vale la predicación —dicen que murmuró el santo antes de darse por vencido— prevalecerá la estaca». Proféticas palabras. La estaca había sido usada anteriormente, pero no logró quebrantar el espíritu de la Iglesia cátara. Ya se habían quemado cátaros en Orleans, en 1002, y en Tours, en 1017. En 1198, Inocencio III, un Papa enérgico y emprendedor, ascendió al trono de San Pedro. El creciente número de apostasías de católicos en Languedoc era preocupante. No se trataba tan sólo que la Iglesia cátara se hiciese cada día más activa. También había que tener en cuenta que todos aquellos corderos que escapaban del redil de la Iglesia romana dejaban de satisfacer sus diezmos. En un principio, el Papa recurrió a la diplomacia: envió a dos legados con plenos poderes para que comprometiesen a las autoridades en la represión de la herejía. Uno de los embajadores, el monje Pierre de Castelnau, fue asesinado cuando intentaba cruzar el Ródano después de entrevistarse infructuosamente con Raimundo VI, conde de Tolosa. El conde de Tolosa fue acusado de armar la mano asesina. La muerte de su legado suministraba al Papa un excelente pretexto para emprender una acción militar contra los cátaros. Las últimas líneas del documento pontificio que convocaba a la cruzada no dejaban lugar a dudas sobré el carácter y alcances de la calamidad que se avecinaba:«Que los obispos declaren eximidos de obligaciones feudales a los vasallos del conde de Tolosa. Que todo católico quede facultado de perseguir su persona y de arrebatarle y apropiarse de sus tierras y posesiones. De este modo se purgará la herejía del territorio que hasta hoy ha sido dañado y mancillado por la maldad del conde… ¡Adelante soldados de Cristo! ¡Esforzaos en pacificar esas poblaciones en nombre del Dios de paz y amor! ¡Aplicaos a destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspire!». En junio de 1209 los cruzados se concentraron en Lyon. Eran quizá veinte mil jinetes y doble número de peones. Un ejército contra el que los barones y señores del Languedoc sólo podían oponer unos pocos cientos de caballeros.



Raimundo IV de Tolosa se espantó al ver lo que sé le venía encima. Inmediatamente solicitó el perdón pontificio y juró acatar en lo sucesivo las órdenes del Papa. Además, movió los hilos de la diplomacia para ver si conseguía desviar el ímpetu de la cruzada contra su sobrino, el vizconde de Carcasona, Raimon Roger Trencavel. Tradicionalmente se ha presentado la cruzada contra los cátaros como un conflicto meramente religioso. La realidad es algo más compleja. Fue también una empresa de conquista para los barones del Norte de Francia y su rey. Los barones ambicionaban las riquezas del Sur; el rey estaba deseoso de extender su zona de influencia hasta los Pirineos y recelaba de las relaciones, cada vez más amistosas, del rey de Aragón con el Languedoc. Fue también una cruzada social, pues los fundamentos ideológicos del sistema feudal, establecido sobre la presunta superioridad de la aristocracia, iban siendo refutados por el creciente poderío de la burguesía ciudadana. El grueso del ejército cruzado descendió por el Ródano, recibiendo continuamente nuevos efectivos de señores y hombres de armas que se le unían por la codicia del botín. En cuanto pisaron el Languedoc comenzaron a devastar la tierra. En estas operaciones militares destacó uno de los barones del Norte, Simón de Montfort, que muy pronto se convertiría en caudillo indiscutible de los cruzados. El 22 de julio acamparon frente a Béziers. Las autoridades de la ciudad se negaron en redondo a entregar a sus conciudadanos herejes: «Preferimos perecer ahogados en el mar antes que entregar a nuestros vecinos y renunciar a nuestras libertades». Los cruzados sitiaron la ciudad y se prepararon para asaltarla. La víspera del día señalado, uno de los jefes militares fue a consultar al legado pontificio: “Cuando entremos en la ciudad ¿cómo lo hacemos para distinguir a los buenos católicos de los herejes?” A lo que el legado del papa, después de breve reflexión, respondió: “Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos“. Y así lo hicieron. Los feroces cruzados tomaron Béziers al asalto y la mayor parte de sus habitantes fueron pasados a cuchillo. Se calcula que en un solo día perecieron unas siete u ocho mil personas. Otros elevan la cifra hasta veinte mil. El primero de agosto, el grueso del ejército cruzado estaba ante Carcasona, la bella ciudad amurallada. Cuando el cerco se hubo establecido, el joven vizconde acudió al campamento de los papistas para negociar la libertad de sus súbditos.



Quebrantando la inviolabilidad inherente a su condición de parlamentario, Simón de Montfort lo hizo apresar. El desventurado vizconde moriría en prisión al poco tiempo, según sus captores de muerte natural, aunque sus fieles vasallos proclamaron que había sido envenenado. En cualquier caso, Simón de Montfort, vencidas todas las resistencias, conquistó el vizcondado en dos años sin escatimar violencia. En Lavaur ahorcó al noble occitano Aimeric de Montréal e hizo arrojar a un pozo a la bella Guiraude. El conde de Tolosa, espantado de la suerte de los que resistían a los cruzados, se sometió a la autoridad papal y ofreció entregar su ciudad. El rey de Aragón seguía con preocupada atención los progresos militares de los barones franceses en tierras del Languedoc. Aquellas tierras eran feudatarias de su reino. Le interesaba mantener y acrecentar su influencia sobre ellas. Por otra parte, estaba obligado a protegerlas. Como señor del vizcondado de Carcasona, la conquista de aquel territorio podía ser considerada como una directa agresión a sus estados. No obstante, procuró moverse cautelosamente. Al principio se contentó con la vía diplomática y presionó ante el papa para que sus derechos fueran respetados, pero después, viendo que no cabía más respuesta que la fuerza, reunió su ejército y pasó los Pirineos para reforzar a los languedocianos en una batalla campal contra los cruzados. Los dos ejércitos se enfrentaron en Muret. En un principio pareció que se alzaba con la victoria el rey de Aragón, experto militar que ya tenía en su haber una destacada intervención en la batalla de las Navas de Tolosa, librada el año anterior. Pero cuando ya la batalla parecía decidida a favor de los aragoneses, la muerte del rey alteró el resultado final y posiblemente el de la historia de Francia. Según la versión más aceptada de los hechos, algunos caballeros franceses se habían juramentado para acabar con el rey de. Aragón, del que sólo conocían su elevada estatura. Por lo tanto se dirigieron contra un corpulento caballero que combatía en la vanguardia de la hueste real y dando con él en tierra lo alancearon. —¡Pedro ha muerto! —exclamó uno de los franceses—¡Hemos matado al rey de Aragón! Al escuchar los gritos que lo daban por muerto, el verdadero Pedro de Aragón, caballerosamente orgulloso, no pudo reprimirse y levantando un poco la visera del yelmo replicó: —¡Os equivocáis, porque el rey de Aragón soy yo!



Entonces, los cruzados lo acometieron con renovados bríos y consiguieron acabar con él. En cuanto se divulgó la noticia, el bando languedociano flaqueó y la lucha se decidió en favor de los cruzados. Allí se esfumaba la última oportunidad de independencia del Languedoc y de supervivencia del catarismo. Quedaría, durante muchos años, la vaga esperanza de que las cosas volvieran un día a ser como antaño, alimentada por el mesianismo de un pueblo que daba crédito a sus propias invenciones. Se decía que algún día un rey del linaje de Aragón quebrantaría el poder de la odiada Iglesia e instalaría el pesebre de su caballo sobre el altar mayor del Vaticano. El Papa proclamó a Simón de Montfort conde de Tolosa, pero la guerra estaba lejos de acabar y el bando languedociano no se daba por vencido. La conquista prosiguió a un ritmo más lento, entre intermitentes periodos de paz. Simón de Montfort iba consolidando su posición como caudillo de las fuerzas ocupantes, pero su carrera se vio bruscamente interrumpida. El 25 de junio de 1218, durante el sitio de Tolosa, fue alcanzado de lleno por una catapulta que «le machacó los ojos, los sesos, las muelas, la frente y las mandíbulas». Entre 1216 y 1224 los barones y ciudades del Sur reaccionaron con insólita firmeza. Aprovechando las debilidades del bando cruzado consiguieron recobrar gran parte del territorio perdido. Pero los franceses contraatacaron en 1226, nuevamente con el pretexto de la cruzada contra los cátaros, y derrotaron, ya definitivamente, a las fuerzas del Languedoc. En el Tratado de París, Francia se apropiaba del territorio. A partir de entonces la represión de los cátaros quedó en manos de la Inquisición. Al aniquilamiento físico de los cátaros siguió la decadencia de sus doctrinas. Faltos del apoyo de sus más sabios rectores, quemados por la Inquisición, los creyentes fueron corrompiendo las doctrinas originales en un esfuerzo inconsciente por aproximarlas a las tesis de sus perseguidores. Otros perfectos, no tan cultos como sus predecesores, simplificaron sus predicaciones hasta reducirlas a un puñado de principios mal entendidos y mezclados con burdas supersticiones. No obstante, muchos creyentes seguían muriendo en la hoguera por defender que el mal no puede proceder de Dios y que el hombre no goza de libre albedrío, por lo que no pueden imputársele los pecados que comete.

Durante muchos años, los fieles cátaros que huían de la Inquisición se refugiaron en algunas fortalezas de la región. Entre ellas se hizo especialmente famosa la de Montségur, en el departamento de Ariége, un pequeño castillo construido sobre la escarpada montaña de Tabo, a 1 272 metros de altura, en una posición aparentemente inexpugnable, rodeada de precipicios inaccesibles. Este castillo había sido reconstruido entre 1205 y 1211 por Raimundo de Blasco y otros prohombres cátaros. Desde entonces se convirtió en un centro espiritual cátaro y, en tiempos de guerra, en base militar de la que partieron acciones tan sonadas como la del comando que asesinó, en Avignonet, a los inquisidores de Tolosa en mayo de 1242. Ésta fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de la jerarquía católica. En marzo de 1243 el senescal de Carcasona, Huges de Arcis, recibió el encargo de acabar con «la cabeza del dragón». Una numerosa fuerza, cuyos efectivos se han cifrado, exageradamente, en diez mil combatientes, se concentró en torno a Montségur y estableció sus campamentos al pie de la escarpada montaña. El asedio prometía ser largo y difícil, dado que era prácticamente imposible tomar la fortaleza por asalto. Pero, por otra parte, rendirla por hambre tampoco se reveló fácil después de los primeros meses de asedio. Aprovechando que lo escarpado de la región dificultaba la vigilancia, los sitiados recibían continuos refuerzos de víveres y hombres. En tales circunstancias, los cruzados decidieron cambiar de táctica y atacar directamente el castillo. Con ayuda de un grupo de escaladores vascos, y a costa de grandes trabajos, consiguieron armar, en una pequeña meseta de la cumbre de la montaña, un trebuquete, máquina capaz de lanzar grandes piedras con razonable puntería. Así comenzaron a bombardear el interior de la fortaleza poblado de barracones donde la concentración humana era muy alta dado lo exiguo del recinto. Por otra parte, establecieron nuevos puestos de vigilancia y estrecharon el cerco hasta impedir que los sitiados recibieran refuerzos.



La rendición de la fortaleza era inevitable. Unos días antes de que se produjera, Pierre Roger de Mirepoix y un grupo de dignatarios cátaros abandonaron el lugar y se arriesgaron a atravesar las líneas enemigas para poner a salvo el tesoro cátaro, «una gran cantidad de monedas y piedras preciosas», según consta en los interrogatorios de la Inquisición. Se ha especulado mucho acerca de este tesoro. Para algunos se trataba de las reservas económicas de los cátaros, necesarias para prolongar la resistencia en otros lugares. Para otros, por el contrario, se trataba de un tesoro espiritual. Algún objeto sagrado que los cátaros valoraban por encima de todas las cosas: el Santo Grial. Los términos de la rendición fueron razonables. Los sitiados entregaban el castillo al rey de Francia y a cambio eran perdonados con leves penitencias. En cuanto a los herejes, también podían beneficiarse del indulto si abjuraban de su error en acto público. Cumplido el plazo de la rendición, el senescal del rey ocupó la fortaleza. Doscientos quince cátaros de uno y otro sexo que se negaron a abandonar su religión fueron quemados en el llano que se extiende al pie de la montaña. El lugar donde se levantó la gran pira se conoce desde entonces como Campo de los Quemados. La caída de Montségur no significó la cancelación de la herejía cátara. Aún quedaron comunidades esparcidas por todo el país e incluso castillos y cuevas fortificadas donde se proseguía la lucha armada contra los invasores franceses. Pero los perfectos escaseaban. La persecución inquisitorial contra los herejes había acabado con muchos de ellos, incluso en lugares alejados del Languedoc, como Florencia, donde algunos cátaros fueron quemados en 1244. Otros habían emigrado a Lombardía o a la Península Ibérica, donde formaron pequeños grupos en Catalunya, en Andorra, en Navarra, en Castellbó y en Morella. Había pocos misioneros dispuestos a recorrer los caminos del Languedoc predicando en poblados y alquerías como antiguamente. Los que quedaban se mantenían a la defensiva, ocultos, temerosos de la Inquisición y de sus secuaces. El movimiento fue languideciendo hasta extinguirse, a fines de siglo XIII.

El castillo de Montségur, uno de los últimos bastiones de resistencia occitana, se ha convertido en símbolo de la resistencia, de la pasión y de la muerte de los fieles cátaros. Hoy constituye «una de las hipótesis más queridas del pensamiento esotérico europeo». A Montségur peregrina cada año una muchedumbre de personas interesadas en temas esotéricos. Extrañas asociaciones religiosas, filosóficas y místicas de toda Europa fletan autobuses el día del solsticio de primavera. En esta fecha puede asistirse al nacimiento del Sol. Sus primeros rayos penetran por una saetera y salen por la del lado opuesto atravesando el castillo. ¿Es simple casualidad? ¿Es el castillo un formulario secreto, inscrito en piedra, que transmite los misterios de sus constructores? Peregrinos de un nuevo ideal, son muchos los que emprenden el penoso ascenso del antiguo sendero, hoy desempedrado y tortuoso, que sube al castillo. Cada año son más los turistas atraídos por la fascinación del lugar, por la trágica historia de los cátaros y por las teorías que se divulgan acerca de su significado como grimorio de una arquitectura iniciática. Según el estudioso F. Niel, Montségur fue reconstruido por los cátaros como templo solar o calendario y a ello se debe que las coordenadas de sus muros y saeteras se ordenen de modo tan peculiar, para que el edificio actúe como una especie de condensador de las energías telúricas que confluyen en aquella montaña, que ya era sagrada antes del cristianismo. Todo el movimiento esotérico en torno a Montségur fue iniciado por un grupo de artistas, folkloristas e historiadores locales, los «Amigos de Montségur y del santo Grial», que funcionó entre 1934 y 1939. En estos años hubo también un joven investigador alemán, Otto Rahn, que se interesó por el tema de la cruzada antialbigense y recorrió la región en busca de asociaciones griálicas. En este mismo contexto, proclive a indagar en las supuestas raíces ocultistas del catarismo, hay que encuadrar ciertos intentos nazis por vincular sus teorías antisemitas con las de los cátaros, basándose en que ellos, aun titulándose cristianos, rechazaban el Antiguo Testamento. Los nazis, más dotados para la acción expeditiva que para la especulación filosófica, no se percataron de que este rechazo fue meramente doctrinal y que los cátaros nunca se mostraron enemigos de los judíos, sino todo lo contrario, puesto que convivieron pacíficamente con ellos. Porque el catarismo fue, en la sorprendente modernidad de muchos de sus planteamientos, absolutamente tolerante.



Es sin duda el pretendido tesoro de los cátaros, lo que ha inducido a muchos cazadores de fortunas, su búsqueda con ahínco. En realidad poco se sabe sobre el tesoro de los cátaros, todo son conjeturas, historias unas mas creíbles que otras, pero si en realidad existió tal tesoro, los cátaros supieron guardarlo, escondido en mil sitios sugestivos, o por el contrario no existió realmente, de todas formas el secreto de su existencia o leyenda, se fue a la tumba con los mismos cátaros. Se ha especulado mucho, sobre todo con el Santo Grial, que supuestamente los cátaros custodiaban, otra de las leyendas que han subsistido desde el principio del cristianismo hasta nuestros días. El Santo Grial, llamado “Cabeza Hablante” por los Templarios o “Baphonet” por los mismos cátaros, parece ser que según muchos autores, se guardaba en el castillo de Montsègur último bastión que fue asolado por los cruzados en la persecución de los cátaros. La leyenda dice que, el ángel Lucifer lucía sobre su cabeza una corona en cuyo centro tenía incrustada una gran esmeralda, que a la su caída de este, se convirtió en el Príncipe de las Tinieblas, con lo que esta esmeralda se transformó en el Grial, poseyéndola los cátaros, y que por causa de las persecuciones, escondieron en el castillo de Montsègur. Un ejército del mismo Lucifer, se dirigía a las murallas del castillo cátaro de Montsègur, con el fin de recuperar el Santo Grial, y con ello la esmeralda que Lucifer volvería a colocársela en su corona. No obstante apareció sobre el castillo cátaro de Montsègur una paloma blanca, recogiendo el Grial, transportándolo al monte Tábor, depositándolo allí, siendo custodiado por Esclaramunda. Otra de las versiones, cuenta que el investigador y arqueólogo alemán Otto Rahn, se trasladó en el año 1931 al castillo cátaro de Montsègur, en busca del tesoro de los cátaros y naturalmente el Grial, no encontrando ni uno ni otro. Dice Rahn, que existían diversos túneles por donde probablemente los cátaros huyeron con su tesoro. Según una leyenda, de las muchas que se prodigaron, por la escarpada garganta Lasset, junto al castillo cátaro de Montsègur, cuatro Hombres Buenos, de los que se conocen el nombre de tres de ellos, Amiel Alicart, Hugo y Poitevin, trasladaron el tesoro de los cátaros a un lugar desconocido. Fueron muchas las expediciones en busca del tesoro de los cátaros y el Santo Grial, entre ellas los hombres de las SS alemanas, por el sentido esotérico que el Grial representaba para ellos.